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Renovamos  momentáneamente la perplejidad por lo más nimio del mundo, cuando la mirada de un infante que gatea nos exige una visión simple y espontánea de las cosas. Súbitamente las piezas aterciopeladas con formas geométricas dejan de ser problemáticas para transformarse en ligeras saltarinas que se desplazan a cada manotazo que les propinamos y cuyo triunfo festejamos a carcajadas. Y  eso se convierte en una gran fiesta. La más genuina y auténtica a la que hayamos asistido hace años. De una intensidad ecuánime en cada gesta. Toda una experiencia de inocencia y simplicidad de la vida.

Tras ese regalo que nos proporcionan, sin saberlo ni quererlo, de saneamiento y autentica alegría no podemos más que adorarlos y sentirnos agradecidos por lo que ellos nos dan, y sentir tristeza por lo que nunca podremos devolverles.