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Sobre si la filosofía es una forma de vida, una aspiración al conocimiento o un posible método de indagación hay diversidad de páginas escritas y contra-escritas. Quizás debemos, como en casi todo, aceptar que la disparidad puede ser tan elástica como los sujetos que se consideran a sí mismo filósofos, cuya autoconsideración afecta a la naturaleza del propio ser filo-sofo.

Sea como sea, me arriesgaría a destacar que sí existe una actitud ante el conocer que podría establecerse como exigencia de quien se considere filósofo. En el sentido de que no hay ámbito que no pueda presentársele como problemático y, por ende, objeto de su indagación. Y esto, en ocasiones por ignorancia y hambre de conocer y en otras muchas por esa manera de estar y ser que somete el mundo a la sospecha constante de que algo no encaja, lo revisa, lo revuelve y lo resitúa, planteando a la comunidad aquellos interrogantes que se derivan de su reflexión.

En la vida cotidiana, pueden parecer individuos espesos que tienen el vicio de complicar siempre las cosas. Hasta el punto de hacerse cargantes para aquellos que tienen una perspectiva más pragmática de la vida.

Por ello, sin poder establecer, como tanto nos gusta por inercia, ningún principio universal sobre aquello en que consista ser filósofo o la filosofía, sí que osamos calificar este campo como aquel poblado de sujetos que funcionan como “moscas cojoneras” porque forma parte de su idiosincrasia. Quien se aleje de esta función tal vez no sea filósofo, sino que se considere a sí mismo un sabio –sophos- que muestra buen juicio y el beneficio de la experiencia, posee la sabiduría.