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A la edad en que parece haber caducado hasta la vida, merece detenerse y ser testigo aún ante dos eventos: la espontaneidad sincera e ingenua de un niño y su extrema facilidad para regalar sonrisas al viento que sopla, y la reluciente ilusión de un adolescente ante una cita esperada, con el glamour de que la dota ante la apasionada convicción de que será La Cita.

Es casi mejor que vivirlo.