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Un pueblo reactivo está, por naturaleza, vivo solo en la derrota, por ello busca desesperadamente las condiciones que favorezcan su existencia y su posibilidad de ser: la víctima perfecta. Por el contrario,  cuando debe actuar por sí mismo, enhebrando su propio camino, más allá de un sí como doble negación, se despliega un llano vacío ante el que todos callan esperando una señal que les dote nuevamente de sentido.

Esta rápida descripción que podría asemejarse a la que Nietzsche realizara del hombre que se ajusta a la moral de los esclavos –la judeo-cristiana- prevalece hoy sin duda en el comportamiento político de algunos pueblos, cuando estos funcionan como masas populares conducidas por líderes. Así se entiende hoy, la proliferación de populismos que nacen como respuesta o reacción de odio y resentimiento a otros que consideran mejor tratados que ellos, por citar un ejemplo.