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Desgasto el olor decrépito de las cosas con tan solo pensarlas y precipitar su desvanecimiento. Es un gesto, no de negación, sino de renovación que alienta el espacio vital que me resta. Absorbiendo, a plenitud, una claridad natural que quizás transpire mi epidermis para alumbrar esa caverna -nada socrática- de la que fui conscientemente prisionera.