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Solo quien cree que pudiera haber un infierno para los auténticos culpables, es decir, aquellos de mala voluntad, temen morir. Los que viven con una conciencia reposada, aunque tal vez ignorados, o los que no creen en justicia cósmica alguna, sino en la simple transformación de la materia inerte, asumen que no hay infierno mayor que la vida misma.