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De la belleza disponemos de átomos empíricos que minimizan nuestra percepción. Pero, tan intensa debe ser su presencia que la escasa noción que poseemos nos proporciona una experiencia inmensa de su grandeza. Y no son estas letras ningún canto a Platón, sino la constatación de que la parquedad de momentos bellos vividos nos induce a querer la belleza como sinónimo de lo bueno. Basta con rememorar.