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El papel se muestra infinito en la pantalla, pero me apura que resulte escaso para reproducir la rabia contenida de siglos de dominación  machista. Imperio del varón que sigue afirmándose en cada violación y en cada ultraje,  en que la que debe demostrar su inocencia es la víctima; en cada puesto de trabajo desigualmente remunerado; en cada desprecio social público; en cada juicio moral sobre la maternidad y casi nunca sobre la paternidad; en cada uso publicitario como objeto sexual; en la educación familiar o escolar que perpetua consciente o inconscientemente los roles de supeditación…

Una rabia, un dolor y un sufrimiento que si nos fijamos casi siempre pasa por la agresión sexual, como si la mujer fuera una cosa para el uso y abuso del hombre, y después por toda una serie de maltratos y desprecios en su valoración social, laboral y como persona, pero que sin ahondar excesivamente se deslizan de la creencia básica de que lo femenino es antes que nada sexo para consumir.

Este supuesto no se halla en el patrón de creencias conscientes de la mayoría de hombres occidentales, otra historia sería tal vez la situación en otras culturas en que la mujer tiene explícitamente una consideración más degradada, pero sería un reto recrear situaciones espontáneas de muchos de ellos en que lo que valoran realmente de las mujeres se evidenciara, al margen de lo que fuese políticamente correcto o no. Creo que una idea nos la daría la mayoría de fantasías sexuales que tienen los hombres o que les llevan a excitarse, junto quizás con las que las mujeres saben que excitan a los hombres. Ahí reside tal vez parte de la verídica valoración que tenemos las féminas. Estoy segura que si llevásemos el reto mencionado a término, nos quedaríamos desoladas por el panorama que se abriría ante nuestros ojos, pero quizás entenderíamos mejor el índice de agresiones sexuales y el maltrato a las mujeres.