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Ante las elecciones del 21 de diciembre la mayoría de catalanes se expresan con seguridad afirmando tener claro a quien no votar. En conversaciones esta manifestación enigmática es interpretada por el supuesto contertulio o con actitud expectante o cómplice al presuponer que, por supuesto, se refiere a los mismos que él. Más allá, es difícil el diálogo si se evidencian las intenciones de voto de uno y otro e inevitablemente algunos retornan al imaginario relato del pasado inmediato con los mismos mantras, medias-verdades y volvemos al punto de partida.

A veces, me pregunto si no es una mala jugada democrática que el lio barrio bajero que han desatado entre un gobierno tendiente a la paralización y otro a creerse un semidiós, deba resolverse en las urnas por parte de los ciudadanos. Los cuales no han vivido en estado de congelación durante estos años sin ser parte doliente e implicada de la chapuza. ¿Alguien cree que la solución está en una sociedad trajinada políticamente por unos y otros, que no hacen más que reflejar la acción maquinada y planificada de quien tenía el poder en Catalunya? Que como suele ocurrir ha producido adeptos y desafectos, en este caso radicales por efecto de la voluntad coercitiva.

Por ello, nadie debe reflexionar a quien no votaría nunca, eso es algo visceral. La cuestión compleja surge, viendo lo visto, qué votar que no sea pésimo y deplorable en cualquiera de las dos grandes orientaciones. Más Unidos Podemos que para desgracia de los votantes en cuestiones independentistas nunca sabemos a priori a qué jugará, lo que en estas elecciones puede pasarle factura.

Teniendo en cuenta además que en este país no existe más preocupación que el “procés” y que las elecciones se centran en ello, los temas sustanciales que llevan delegados años, deberán seguir esperando, en manos de organizaciones de la sociedad civil que atiende situaciones de marginación y espolea a la administración pública para que  cumpla su parte.