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Acaso el tiempo que transcurre entre el ayer en que queríamos detener la vida y el mañana, sea un embrujo vano e imaginario. Porque en estos lares todo cuanto percibo ha mantenido el ritmo acostumbrado, como si los que no existiéramos fuésemos nosotros ni nuestro absurdo hechizo de magia. Los símbolos no son más que sustentos mentales del acontecer y te advertí, desde siempre, haber desvelado su impostura. Así, no resta más que un rumor melancólico, en el interior de quien aprendió a no esperar y por ello se anticipa con urgencia a situaciones semejantes.

A veces, una marcha, una despedida, puede ser un acto determinante.