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La convicción de que lo auténticamente real debe permanecer siempre estable, e invariable se aleja tanto de la experiencia y del sentido común que si escudriñásemos las implicaciones de esta perspectiva veríamos que real tan solo debe haber algún tipo de ser que no se deja categorizar por nuestros parámetros habituales e irreductible per se. Algo así como una realidad trascendente o como mínimo al margen de este mundo, que quizás alguno denomine dios.

Pero, si así fuese la realidad, acaso nos convendría concluir que estando fuera de nuestro alcance más nos vale ocuparnos del mundo, que es el entorno que podemos conocer, gestionar y conservar.

Si esta convicción fuera falaz, cuestión imposible de contrastar porque estamos hablando de metafísica, nuestra labor debería centrarse también en la búsqueda de la naturaleza de lo real.

Como el tiempo parece habernos indicado que hay nociones que son puramente principios indemostrables, acaso será más efectivo mirar al mundo y dejar la vista en el horizonte, tan solo cuando tengamos clara conciencia de estar indagando en un terreno pantanoso donde lo que buscamos, además, es el sentido de lo humano en un mundo que tal vez sea tan solo existente pero no auténticamente real. Y si así fuese ¿qué somos nosotros?