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Ser es existir en un dinamismo dialéctico entre lo interiorizado y lo otro. Nunca, somos pues exactamente el mismo, aunque si dispongamos de una médula originaria desde la cual interactuamos y nos dotamos de una identidad siempre en evolución, que nos permite seguir siendo vivos.  Sin embargo, cuando la mente saturada no capte más que un punto amargo de esa identidad itinerante, y creamos hundirnos  en el abismo, confiemos que nuestro camino no haya sido en vano, y contemos con auténticos amantes –aquellos que aman-