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Apostados en el preámbulo de un año que no se avecina nuevo –sino repetitivo hasta la saciedad- nos sostiene la resignación de haber asumido que las heridas son cortes raudos de cuchillas afiladas, pero que la profundidad de las llagas requieren tiempos cautos y pausados de cicatrización. Así, deseamos a quien corresponda –y la conciencia es el tribunal más certero- que palpite de escozor con cada brecha generada.