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Acusados de delito o no, a todos nos pertenece la culpa –a unos mucho y a otros menos- del martirio proferido al humano, que expoliado de cualquier atisbo de dignidad se consume de hambre, miseria y atrocidad. Cierto que no  todos cargan con la culpa, pues ahí se halla el grado de conciencia moral y reciprocidad que un humano debe a otro a riesgo de perder su propia humanidad.