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Con todo lo que hay en mí de no visible, podría erigir ficciones infinitas y verosímiles que dejaran un regusto de hiel entre los labios a quien amablemente hiciera una incursión en esas fantasías. Y la duda abrumadora se revestiría de una cuestión que les parecería capital: ¿Es real? Pero, mi inquietud es otra más honda: ¿Cómo nos planteamos la mera posibilidad de que sea real?