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Hay quien demanda ayuda por el vértigo que siente ante su vacío abisal, y creyendo estar en el sitio y lugar apropiados, tras años de hurgar y haberlo hallado, alguien le espeta: “Yo no tengo la solución. El agujero es suyo”, aunque se precipita ese hábil interlocutor a aderezarlo enseguida, ya bulle en el sujeto agujereado la ira del despropósito de que lo hayan acompañado al borde del vacío y soltarlo. Para ese trayecto él conocía hace años atajos, porque desasido de la mano solo le resta saltar para ser olvido acelerado.