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En estos tiempos, no hay virtudes estéticas en el sentido que hay virtudes éticas. De la misma manera que la política ha desarrollado unas reglas del juego propias, expulsando lo ético de su ámbito de acción, la estética al recluirse por reivindicación propia en el ámbito de lo subjetivo, se ha desembarazado de cualquier posible vinculación con lo ético.

De esta forma lo ético, lo estético y lo político son espacios propios sin intersección posible, quizás porque ni a la política, ni a la estética en su sentido más profundo, se les ajusta un grillo ético que opere como conciencia crítica.