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Cada vez que traspasa la puerta, fluye la ilusión de todo un horizonte benigno que se abre, resuelta y convencida de que su nido le aprieta los límites del cuerpo. Casi huye, con recato para no dañar, hacia lo que ella considera real, aunque no disponga aún del criterio para calibrar el peso auténtico de esa palabra. Solo guardamos el deseo de que su zambullida sea lo más liviana posible y que no vuelva cargando a la espalda con todo el peso del lado oscuro de esa realidad.