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La voluntad política desnaturalizada es la que prescindió de su objetivo genuino: la organización social justa, en base a un contrato de cesión del ejercicio del libre albedrío individual a unas instituciones, que regularan el poder colectivo para el bien común. Hoy, la voluntad política es, principalmente, voluntad de poder para el beneficio de los que lo ejecutan y perjuicio del pueblo. De esta forma, la política se ha desvinculado de todo criterio ético, puesto que el “el mejor político” es el más hábil seductor de masas, imponiendo su engaño como si se tratase del interés general. No resta pues política en sentido genuino, sino las acciones de expertos propagandísticos que bien podrían dedicarse al marketing empresarial.