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Un réquiem cantado debería brindarse a un individuo con rostro y cuerpo presentes. Pero, en un mundo en el que los cuerdos son los locos no identificados, es imprescindible interpretar profundamente un réquiem por los seres anónimos que se han convertido en cadáveres cuantificables, o no, que son víctimas, en un sentido jurídico -persona que padece las consecuencias dañosas de un delito- aunque no se haya procesado a culpable alguno, ni tan siquiera esté en ninguna mente la posibilidad de que alguien asuma tanta barbarie.