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Saturados y sin capacidad de metabolizar la cantidad e intensidad del acontecer, restamos en esa vorágine sin posibilidad de reacción, ni claridad de conciencia, ni cuerpo móvil que manifieste la extenuación. Somos sujetos agentes y pacientes de un mundo sin resortes en el que el suceder –su multiplicidad y constancia volátil- es el recurso para evitar la desintegración.