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Horrorizados por el salvajismo de “seres” como Bashar Háfez al-Ásad,  presidente de Siria tras suceder a su padre que gobernó durante veintinueve años, que asesina impunemente a civiles gaseándolos con armamento químico, disponemos de la constatación empírica, una vez más, de que el holocausto de la segunda guerra mundial no fue más que el instante en que se difuminó cualquier límite ético y humano, pero nunca un punto final. Desde entonces, con más o menos difusión mediática, se han perpetrado y se continúan realizando genocidios que desbordan lo soportable y concebible. Pero, exigir la dimisión del genocida sirio no implica la intervención militar de otras potencias que aumenten el infierno de la población ante un fuego cruzado con dosis de indiscriminación. Debe haber caminos que garanticen la protección de los sirios sin aumentar los bombardeos que no sería más que una paradoja sangrienta.

Hacemos un llamamiento a la cordura y la sensibilidad humana que haga posible detener todo tipo de genocidio.