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Entre las ruinas de piedra y cemento, envueltas en un polvo blanquecino, vagabundean niños perdidos que no cejan en su empeño de rebuscar a quienes han dejado de buscarlos a ellos. Son “efectos colaterales” de la guerra, esa encarnizada y absurda acción destructora que tantos legitiman. Mientras, en una amalgama de dureza indescriptible, infantes que lagrimean se desplazan por los campos de batalla rastreando señales de una voz que los reclame. Con la esperanza ingenua de no ser niños de nadie.