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Poco queda decir sobre la sentencia dictada en el juicio a la Manada, cuando apenas han transcurrido veinticuatro horas, porque la explosión social que ha provocado llenó plazas y calles de muchas ciudades del Estado.

Quizás, podamos sugerir que la víctima ha tenido una defensa “dudosa”, atendiendo a las declaraciones de la misma durante el juicio que han trascendido, que el machismo permanece incrustado en instituciones pilares de esta agonizante “demo-nada” y que el código penal parece a menudo un conjunto de leyes de patio de colegio que para nada se ajusta a la cambiante realidad actual.

Dicho esto, solo queda, como en otros muchos casos que se han conocido de maltrato a la mujer, recordar que la justicia no satisfecha se convierte en sed de venganza, y que si no hay un Estado de Derecho, en el sentido profundo de la expresión, los ciudadanos quedan legitimados a buscar la compensación de los agravios sufridos. Tal vez, no se aperciba con suficiente habilidad que en el juicio a la Manada se estaba dirimiendo algo más que la acción repugnante de cinco salvajes reincidentes –aún tres de ellos tienen juicio pendiente por otro caso de agresión- y por ello, hay hoy miles o millones –no se sabe- de personas que se sienten humilladas y ultrajadas en este país.

Intuyo que la convulsión no ha hecho más que empezar.