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Nos atenaza el vértigo generado por la separación. Esa marcha ineludible pactada, implícitamente, de antemano. Porque habiendo partido hacia ningún lugar propio, culebrean nuestras entrañas al pensar quién nos añora y ansía regresarnos. Si nadie se siente morir tras nuestra marcha, para quién existimos y quién dará cuenta de nosotros en la despedida final, durante el sepelio anodino y anónimo.