La divergencia y la fractura político-social gestada en Catalunya hace inviable la investidura de un presidente de consenso que pueda ser representativo de todos los catalanes, a no ser que busquemos un espécimen que sea capaz de ser, sin resquebrajarse, simultáneamente independentista y, como se ha denominado, unionista. Cualquiera que desee situarse en una posición intermedia será calificado de ambiguo, y de traidor por unos y otros. Así es que, sea como fuere, la solución del conflicto catalán no estaba, en ningún momento, en la figura del presidente, aunque es cierto que para avanzar hay que dar paso a un nuevo gobierno que deseamos sirva para ir mejorando la vida de todos los catalanes.