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Israel justifica las matanzas de palestinos aduciendo que se enfrentan a terroristas. Aunque curiosamente sean portadores del terror personas desarmadas que rudimentariamente intentan defenderse de fuego real lanzado por francotiradores. Es tremendamente paradójico, pero tristemente humano, que un pueblo perseguido pase a ser el verdugo de otro pueblo. Como si una masacre sin escrúpulos –la sufrida por el pueblo hebreo, entre otros, por los nazis- legitimara otro holocausto.

El paso que unilateralmente –de nuevo- ha dado EEUU enciende una llama al lado de un polvorín que va a ser muy complejo de gestionar. Ubicar una embajada en la supuesta capital de un estado de dudosa legitimidad, asestando una patada definitiva al pueblo palestino solo puede enervar a los que, solidariamente con sus hermanos musulmanes, se enfrentan a una injusticia histórica que nunca debió servir para reparar otra.

Como suele decirse, la historia se repite.