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A nadie se le debería negar el derecho a realizar una actividad creativa que, por su naturaleza informal, promueve la expansión y el desarrollo de su persona. Ni, en consecuencia, la posibilidad de que el resultado del acto creativo pueda ser presentado públicamente para su contemplación y si cabe su reconocimiento. Pero, un sistema que cataloga de incapaz de forma absoluta a un individuo que no puede verse sometido a presión externa ni estrés, parece negarse a entender que la actividad creativa realizada en el ámbito privado adquiere un ritmo singular y propio en cada sujeto que puede incluso ser beneficioso para minimizar la degeneración de esa “incapacidad” médico-jurídica.

La razón debemos hallarla, de nuevo, en la falacia de la diversidad reconocida, que de hecho no puede ser metabolizada por un sistema altamente competitivo orientado a resultados, en última instancia económicos. Una evidencia más de la deshumanización encarnizada de esta absurda sociedad de consumo.