Vivir a la intemperie

Comentaba, con un compañero de fatigas, sobre lo que significa e implica vivir a la intemperie. Discurría sobre la cuestión, posteriormente, y me cuestionaba hasta qué punto en las sociedades actuales nuestra existencia está sometida a ese cielo descubierto, sin techo ni otro reparo.

Acaso, esa sea la manifestación de la pobreza que corroe y cuestiona, desde su raíz, la lógica capitalista, si tomamos la locución adverbial en un sentido estricto. Lo cual ya es tremendamente inhumano y demoledor.

Pero, en un sentido metafórico vivimos a la intemperie porque se han agotado los referentes que podían dar sentido al existir; hijos de un nihilismo enmarcado por Nietzsche en esa ya “tópica” muerte de Dios, devenimos individuos necesitados de sentido –eso responde a nuestra naturaleza simbólica- pero conscientes de la carencia de una explicación satisfactoria intrínseca a la vida misma, que nos proporcione razones para sostenerla. Así, huérfanos de relatos universales que den cuenta de nuestro ser, nos vemos obligados a ahondar en el presente para desgajarlo y exprimir algo que funcione como motivo del vivir.

Ahí, estamos solos y rigurosamente a la intemperie, porque tal vez nunca como ahora nos hemos visto forzados a afrontar una vida biológica desprovista de un algo más que urge como propósito a un animal, que por su desarrollo cerebral, está ávido de significado. Y esto, para más inri, en una sociedad donde domina la fuerza del neocapitalismo que no tiene más finalidad que su perpetuación para el beneficio económico de las multinacionales y las instituciones supranacionales, a su servicio. Es decir, un abismo al que el materialismo crematístico nos aboca, porque consumido, lo consumible, solo nos queda forzar nuevas necesidades que nos exijan un nuevo consumo, que confunde con rigurosa intención la satisfacción momentánea con la felicidad.

Así, es que ciertamente existimos a la intemperie, y por ello buscamos razones que nos permitan vivir -en lugar de existir únicamente- aunque sea sometidos a la incertidumbre absoluta, pero con la conciencia de que vivimos porque hemos decidido apostar por una existencia de humanos, aunque quede circunscrita al ínfimo umbral de lo que momentáneamente nos llena de valor.

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