Filosofía y el conficto Catalunya-España

Es difícil, para quien escribe desde una perspectiva filosófica, desembarazarse de una solicitud recibida, sobre una cuestión harto compleja y en la  que se vive inmerso, para ocuparte de otros asuntos primordiales. El cerebro, contra la propia voluntad de madurar la reflexión de la que no me zafo, está de forma latente pero iterativa merodeando por el asunto postergado para escudriñar lo relevante y no caer en lo anecdótico que es, a menudo, lo que se airea en la vida pública.

Esta experiencia insoslayable, me aboca a cuestionarme por enésima vez, a lo largo de mi periplo vital, cuál debe ser la función de la filosofía y si es esta la que elige el objeto de indagación o a la inversa.

Algunos tendréis la impresión de que retomo un interrogante inútil, manido y aburrido, sobre todo en estos últimos años en que la utilidad –desde el pragmatismo reduccionista que nos atenaza- de la Filosofía ha sido abordada en relación a la conveniencia de su lugar en los planes de estudio –como ya hiciera en su momento el profesor Sacristán en discrepancia con Gustavo Bueno- Pues no, no es este el propósito, antes bien un cuestionamiento propio de qué pintamos en este mundo los que nos sentimos arrastrados por esa actitud de indagación extenuante. Y la respuesta es que, de facto, nada. Somos la materia prima pornográfica del onanismo de una élite intelectual. Esta constatación me provoca un absceso de asco contra el que no puedo más que revelarme. Porque si mi apreciación se ajusta a lo que hay, es responsabilidad de los filósofos, y en cualquier caso no me siento identificada con esta función abominable.

Si la reflexión filosófica no está arraigada a la vida, no a la metafísica de la vida –que tiendo a desarrollar a menudo, porque no deja de ser un murmullo incesante que nos reclama– sino a esa existencia por definición determinada, desde la que sufrimos, luchamos y sobrevivimos, su presencia será estéril y vana. La filosofía debe ayudar a vivir -¡ojo! nada más lejos de las mercancías de autoayuda- en un mundo hostil gestado por los humanos, para una minoría de ellos. Y eso significa el retomo a la idea inicial del párrafo, estimular la reflexión crítica sobre las condiciones de vida que se imponen a los individuos como incuestionables. Esas de las que es difícil apercibirse porque están incrustadas subrepticiamente en lo cotidiano. Es, precisamente, por este carácter sutil y manipulador de los límites inquebrantables que nos asestan las sociedades actuales, que los filósofos deberíamos asumir el compromiso de desvelar lo oculto en las entrañas de la cotidianeidad, como ya intentaron hacer, en su contexto, los denominados “maestros de la sospecha”. Como por idiosincrasia humana la sospecha es y debe ser infinita, los filósofos estaríamos ubicados en el mundo si ejerciéramos esa tarea desmitificadora de los paradigmas subyacentes a la existencia del individuo, amplificando los límites, otorgándoles una naturaleza elástica que posibilite  la vida en sociedad  sin despojar al individuo de su condición de sujeto, entendido como aquel que con plena consciencia analiza, decide y actúa –porque del concepto de ciudadanía habría mucho sobre lo que pensar y opto por prescindir de él-

Toda esta reflexión viene provocada por esa demanda a la que hacía referencia al principio, y que ahora explicito, de abordar la problemática, aparentemente política, que vive Catalunya, de forma más intensa, hace casi una década. No puedo, ni debo abstenerme de responder a esa petición, pero sí tomarme la distancia mental adecuada para no caer en menudencias, que se han magnificado, y situar la reflexión en el ámbito de lo más relevante y equitativo, con el reto que supone la falta de perspectiva histórica y el hecho de padecer en primera persona dicha problemática.

Así, sintetizando pienso asumir la responsabilidad que tengo, aunque eso no quiero que despierte expectativas de grandes descubrimientos, ni mucho menos de “verdades” que son en este terreno un coctel de emociones, rencores e historia compartida.

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