Día mundial de la Filosofía: el martillazo

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Aunque las conmemoraciones internacionales que se realizan dedicando una jornada en favor de una causa concreta son, a menudo, una pincelada más de la hipócrita contradicción que sostiene nuestra cultura, sería un despecho desperdiciar la atención mediática, a veces absolutamente escasa, que puede proporcionarnos, por ejemplo que la UNESCO haya establecido que el quince de noviembre se celebra el Día Mundial de la Filosofía. Según este organismo internacional la filosofía proporciona la bases conceptuales de los principios y valores de los que depende la paz mundial: la democracia, los derechos humanos, la justicia y la igualdad. Y por ello la considera especialmente relevante como disciplina.

Personalmente, como estudiante perpetua de esta actividad infatigable, se me agrieta el “espíritu” al leer la función que se atribuye a la Filosofía, porque me resuena a estrategia para mantener la perpetuidad de un sistema que se ha podrido, tiempo ha. Quien se dedica a hurgar con una actitud filosófica el mundo, no puede más que zarandear la falta de veracidad de las democracias, la inutilidad de la declaración de los derechos humanos –occidentales- y cuestionarse, no sin regurgitaciones por dónde hemos intuido eso de que hay algo denominado justicia e igualdad. No he conocido una forma de expresión más brillante que la acuñada por Nietzsche, quien consideró que solo se podía filosofar a martillazos –ver el Crepúsculo de los ídolos), es decir generando un sismo en los fundamentos tradicionales y profundamente arraigados que, dicho sea de paso, nada fundamentan. Así, el filósofo debería, tal vez, asumir esa función principal de cuestionar el estatus quo, que se sostiene siempre para satisfacer intereses velados de una minoría poderosa que vive en la abundancia de todo, a costa de los muchos. Y esto no porque sea una performance que proporcione gusto, sino porque quien se atribuye la capacidad de analizar rigurosamente lo que hay, no puede rehuir el desenmascaramiento de las falacias que se propagan y se vocean para imponer un pensamiento único que sirva de legitimación de una concepción única de la vida.

Nietzsche se enfrentó en su época a los ídolos impuestos e incrustados en las entrañas del hombre occidental. Hoy, existen idolatrías que, aunque ya fueran abordadas en algún caso por el pensador alemán, han adoptado nuevas formas y maneras, sutilezas imperceptibles, que deben ser martilleadas por el discurso filosófico, para no convertirse en la doncella privilegiada del sistema. Si la filosofía no incomoda, fastidia y se apuesta por su supresión por subversiva, no es más que un sucedáneo que se disuelve cómodamente en los márgenes de una cultura que la recupera con el fin de adoctrinar. Afirmada reiteradamente como inútil en nuestros tiempos, solo cabe entender su restitución por haber sido domesticada –y esto no es El Principito-

Vislumbrando someramente el mundo en que vivimos –y todo lo que de él se nos oculta- más valdría que tanto la Filosofía como los filósofos fueran los auténticos expulsados del sistema con la finalidad de neutralizar su inquisitiva aportación.

Dicho esto, me congratulo de la diversidad de actividades – en Barcelona toda una maratón- que se han organizado para esta conmemoración, pero si pasados estos días nada queda convulsivamente zarandeado, deberíamos plantearnos qué estamos haciendo los que intentamos dedicarnos a aprender a filosofar.

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