Lo afectivo como el valor

El debate, abierto hace ya tiempo, respecto a cómo iban a transformar las redes sociales las formas de vinculación directa y en vivo entre los individuos va despuntando horizontes que no coinciden exactamente con las prospecciones de las que se había alertado.

Parece ser que la sociedad basada en el hiperconsumo, junto con  la extensión de las posibilidades de relación con los otros, gracias a las redes, no está sugiriendo que estas se estén menoscabando y recluyendo en el ámbito privado de esa habitación repleta de tecnologías, antes impensables.

Para entender el sendero por el que discurre la evolución de la cultura cabe recurrir a la centralidad del individuo, de su sagrada privacidad y su  enaltecimiento, fruto de una postmodernidad en vías de extinción que ha empoderado los afectos como fuentes ineludibles de átomos de bienestar y felicidad.

En este sentido Lipovetsky[1], sostiene que el Amor se ha convertido en el valor principal, como única forma de encontrar un algo con sustancia que mitigue el vacío de un individuo cuyo bienestar material, su aumento continuado, no compensa ni equilibra la sensación de felicidad.

Coincidiendo en gran parte del análisis que realiza el autor, discrepo en el uso que hace del término Amor. Según su propia descripción nos hallamos inmersos en un mundo en que lo emocional y afectivo está en el punto de mira. Esto, a mi parecer no tiene que ver directamente con el amor que, poco sabemos de él en una sociedad tan incierta, volátil, cambiante y donde los compromisos son siempre de naturaleza presente. El encaje debemos buscarlo en que, tanto el sistema neocapitalista basado en el hiperconsumo, como la creación de las redes sociales, lanzan las flechas devaluadas de Cupido precisamente a lo emocional y lo afectivo, que es el motor que estimula la pasión, la ilusión y el fervor de los individuos, generando una confusión entre los afectos, la sensibilidad emocional y aquello bien distante que podríamos denominar amor. Esta distorsión de lo que nos liga con el  otro, está en la raíz de las relaciones, no diría siempre poco profundas, pero  sí carentes de estabilidad y compromiso que exigiría una verdadera relación amorosa, y no me refiero exclusivamente a parejas, sino amistades, familiares,…

Esta discordancia con el autor, no implica que discrepe con él  en que no es cierta la ausencia  de valores –creo que nunca lo ha sido- pero sí, por supuesto, considero oportuno incidir en la transformación que ha tenido lugar en lo axiológico, otorgando valor a experiencias que puntualmente pueden producir bienestar y satisfacción, y no una felicidad en su sentido más contundente.

Ese individuo de naturaleza emocional vive a su vez sumergido en una competitividad, sin precedentes, que exige con más necesidad la satisfacción  de lo afectivo, que como bien dice Lipovetsky no encuentra, de hecho,  en el consumo desenfrenado ni en un trabajo, a menudo, deshumanizado tanto en sus condiciones como en su reconocimiento. Esto hace de él un sujeto compasivo y empático con una capacidad, que parecería paradójica frente al individualismo, de cooperar y solidarizarse con causas concretas que, en España por ejemplo, ha permitido a muchos sobrevivir a la crisis económica que parece haberse quedado adosada como una lapa en las capas medias y bajas de la sociedad.

En conclusión, somos el individuo perfecto para el desarrollo acelerado del neocapitalismo, aunque eso nos lleve a un vacío vital que cada vez socava más la salud mental en las sociedades “desarrolladas”.

[1] Lipovetsky, la felicidad paradójica, ed. Anagrama

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