Lo inefable es lo inaprehensible

Un comentario

Ciertamente, hay conceptos que solo podemos pensarlos desde su negación. Este sería el caso del “infinito”, que por mucho esfuerzo de aprehensión que realicemos, tan solo podemos alcanzar una intuición difusa a partir de lo no-finito. Aunque seamos capaces de operar como si lo concibiéramos, porque derivamos sus implicaciones, constituye un supuesto metafísico que nos permite interpretar el mundo físico a partir de un sistema coherente de leyes. De hecho así fue a partir de Newton, y hoy, incapaces de descifrar esa naturaleza, divagamos entre la posibilidad de su realidad y de su irrealidad a partir de la teoría del Big-Bang.

Lo expuesto no es más que una introducción a la cuestión que subyace y es ¿por qué estando capacitados para atisbar “realidades” no tangibles, somos incapaces de captarlas y pensarlas en su ser? Obviamente no existe una respuesta, y solo cabe especular sobre esa capacidad cognitiva, que interactuando con otras ideas presentes en nuestra mente que nos impulsan y nos estimulan, se aleja de lo que propiamente puede pensar para efectuar una incursión quimérica respecto de realidades que necesitamos, deseamos o esperamos que sean. Ejemplos de esto serían la idea de Dios, eternidad, etc,…

Debemos reconocer que este “alargamiento del cuello de la jirafa” posibilita la investigación, la búsqueda y la adquisición de nuevos conocimientos útiles para el desarrollo científico-tecnológico. Pero también, deberíamos constatar que somos seres marcadamente presuntuosos y ambiciosos que nos autoconcebimos con la potencia de avanzar cognitivamente casi sin límite. Esto último, curiosamente, no lo avala nuestra dificultad de pensar categorías que hemos construido por oposición de lo tangible y que son funcionales pero nunca aprehensibles.

Así, quizás nuestra forma lógica de razonar, imbuida del deseo de ser dioses –algo nada “lógico”- nos impele a trascender nuestras limitaciones cognitivas adentrándonos en supuestos ámbitos de lo real, que son propiamente inefables y por consecuencia inconcebibles, y además tal vez meras ficciones de la razón.

Siendo optimistas podríamos atribuirles esa cualidad de ser ideas reguladoras, en el sentido kantiano, que sin ser demostrables con los criterios de contrastación científica, son imprescindibles para avanzar en nuestra indagación sobre la naturaleza de lo real y nosotros mismos. Pero ya se apercibió Kant de que este tipo de ideas no son más que conceptos límites, en el sentido de que el noúmeno demarca lo cognoscible en cuanto fenoménico, y lo inaprehensible en cuanto   excede las condiciones que nos permiten el conocimiento que debe partir de lo empírico, para ser filtrado por nuestra estructura  cognitiva. Cualquier intento que exija exceder estos límites de la condición humana, deben ser interpretados –y me distancio de Kant- como resultado de nuestra necesidad de llenar vacíos que nos abocarían a ser existentes mediocres tan limitados como arrogantes.

Es, tal vez, esta presunción de nuestra cada vez más potente capacidad, la que legitima la ideología posthumanista y el distópico mundo al que nos arroja.

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