El querer vivir:¿puede sustentarse exclusívamente en fundamentos racionales?

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Hace días, Julio Dustral me surgirió –o quizás retó- “No estaría mal explorar los fundamentos que racionalmente puedan invitarnos a seguir viviendo. Atrévete en uno de tus artículos” y he recogido el testigo para intentar analizar la viabilidad de la propuesta.

Lo inmediatamente ilustrativo me parece reconvertir el supuesto en pregunta, es decir ¿puede haber un motivo nítidamente racional que sustente el querer vivir? Entendiendo que la racionalidad y su estricta aplicación exigirían un despojarse de todo tinte emocional, se me antoja casi un exceso que rebasa la condición humana, en la medida en que esta es una miscelánea insoluble entre razón y emoción. Por mucho empeño que pongamos en desgranar lo uno, de lo otro, intuyo que es una labor impracticable. Todo aquello expuesto como estrictamente racional está forjado por un sujeto que no puede deslindarse de sus condiciones existenciales, y que por tanto lo más próximo que podemos coronar es una preponderancia de la razón, sobre la emoción, o a la inversa, pero nunca desvincularlas y actuar motivados exclusivamente por una de ellas.

Si esta separación es teóricamente inviable, por mucho que aparentemente nos parezca que sí, aun menos podría concebir que nuestro querer vivir esté exclusiva y puramente fundamentado en un único aspecto de lo humano.

Por referirme a un ejemplo, que siempre resulta clarificador, supongamos que un individuo realiza un cálculo utilitarista, para discernir qué es más beneficioso: creer o no creer en Dios. Contabilizados pros y contras, concluye que haya o no Dios, es más beneficioso para él y para otros creer en un Dios. Así, toma la decisión de creer ¿Por cuánto tiempo podrá basar su vida en algo que no es de hecho creencia, sino mero cálculo racional e instrumental? Consideremos que su querer vivir se ha supeditado a lo que la razón le ha dictaminado. ¿Cuál es el destino de ese yo emocional neutralizado que es el que aporta pasión, motivación y deseo? ¿Podemos querer frontalmente en contra de lo que deseamos? Aunque sustentemos que el querer no es el deseo, no puede ser reducido a él ¿podemos querer sin estar alumbrados por cierto deseo congruente con ese querer que nos impulse a la búsqueda del objeto de la voluntad? Simplificando, tal vez dilucidar en qué se fundamenta el propio vivir exige la intervención indiscutible de la reflexión; pero, si este querer vivir está desprovisto de la pasión y la emoción que coherentemente nutren lo discernido, nuestra elección y búsqueda de lo que sustenta el querer vivir, será una exigencia experimentada como sacrificio, y su vigencia será exigua. Esto nos llevará al punto de partida con una reiteración ineludible que destruirá la esperanza de hallar un fundamento que justifique seguir viviendo.

Por ello, y en conclusión, diría que los fundamentos racionales, hoy, como único pilar que sustente el querer vivir son extemporáneos, y que tan solo en la medida que deseamos lo que queremos, y no diría que a la inversa, nuestra elección deviene convicción, creencia que de forma espontánea fortalece el vivir como algo a proteger y regocijante.

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