Elegía

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Se evaporó enredada en una  breve agonía o, tal vez, dormitaba semi-inconsciente en una espesa neblina. Sola, sin que nadie pudiera aventurar que la parca se había infiltrado sigilosa en su guarida final. Nunca podremos escudriñar cómo aconteció esa partida que a todos nos aguarda, y ese ignorar cómo fue devorada nos late a instantes, perforando la conciencia con una espina puntiaguda, que nos hiere como en vida acostumbraba. Temía a la muerte, como un infante teme al ogro con el que se le amenaza. Sufría pavor a ese tránsito desconocido; no sabemos si por el momento propiamente del morir, o por lo que hallaría después. Porque siempre creyó que la muerte no nos mata propiamente, y que tras ella nos aguarda algo que debía prever peor que la vida. Aunque me cuestiono si ciertamente auguraba la presencia de algo más infernal que esta tierra en la que nunca supo vivir, sino ser una esfinge impertérrita. Perdiendo paulatinamente a los que se suponía que amaba, restó ante estas ausencias impasible, sin sangre, sin pasión, como si la vida se le hubiese agotado años antes de morir, aunque no se apercibiera. Y con esta actitud egocéntrica, mirando todo desde sí y para sí, abandonó la existencia discreta en el momento, aunque exigió de intensos cuidados durante años.

Desconocemos si todo finiquitó aquel día, o bien sigue vagando agónicamente como un alma perdida, pero si así fuera, si su periplo se hubiera perpetuado solo cabe esperar que se haga justicia, tal vez la espada de Damocles que tanto terror le producía.

R.I.P.

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