Fatalismo y racionalidad

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Sentirnos sometidos al influjo, a la arbitraria o tendenciosa voluntad de espectros casi  oníricos, constituye una experiencia irracional, pero que en ocasiones, aunque sea tan solo unos segundos fugaces y confusos, todos hemos podido padecer. Es esa sensación de que hay una presencia inasible, imperceptible que interfiere puntualmente en nuestra vida, dejando tras de sí un rastro de fatalismo tatuado en nuestra mente que nos lleva a presagiar, en cada espera, lo peor.

Esto es una descripción de una  vivencia psicológica que no puede ser legitimada desde una actitud racional, pero que se halla incrustada en la psique de aquellos que  de forma recurrente e incisiva han visto derruirse sus vidas cuando el bache parecía superado. Es, por lo tanto, comprensible que, quieran o no, merodee por los rincones tenebrosos de su mente la creencia de que un alguien inidentificable les zancadillea en los momentos en que empezaban a confiar en su posibilidad de vivir sin sobresaltos.

En nuestros días, esta convicción horadada a base de dolor, puede resultar esotérica, supersticiosa, irracional e incluso propia de gente sin cultura. Sin embargo, más allá de lo que la ciencia considere admisible y nuestra racionalidad aceptable, se originan en nosotros ideas que siendo por lógica insustanciales, condicionan la manera en que percibimos el mundo; a veces, como algo permanentemente amenazante y hostil que, por su afán de boicotearnos la existencia, debe estar regido por algo que lo trasciende. Aquí resurge esa pretensión de hallar justificación a lo que parece azaroso, pero que nos negamos a admitir como tal por su pertinaz insistencia ¿Puede azarosamente el acontecer ensañarse siempre con los mismos?

Cierto es que en algunos casos por sus circunstancias de penuria, podemos encontrar razonable la recurrencia de un tipo de infortunios, no de todos. Pero, también debemos reconocer, que hay casos en que la situación socio-económica no permite entender por qué esa “mala suerte” persistente se asocia o engancha como una lapa a determinados núcleos familiares.

Lo expuesto forma parte de un conjunto de creencias que poseemos incluso contra nuestra voluntad, y que por pudor nunca reconoceríamos. Menos aun si nos consideramos personas cultas y dignas del siglo XXI en el que el desarrollo científico-tecnológico parece no tener límite. Quedaríamos expuestos públicamente como ignorantes supersticiosos, ubicados anacrónicamente en el mundo y más propios de épocas pretéritas.

Ahora solo queda rastrear sin miedo ni vergüenza nuestro interior y comprobar si no hemos sido presas de ideas semejantes ante determinados acontecimientos sorprendentes y carentes de toda comprensión. No es más que un ejercicio interior para desmitificar la racionalidad pragmática y utilitarista del hombre actual, porque las dudas que nos corroen nos llevan a considerar la posibilidad de explicaciones que nuestra condición no nos permite ni pensar, aunque las rumiemos en la intimidad junto a la almohada.

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