Día Internacional de los derechos del niño -en las sociedades opulentas-

Un comentario

Considerando que la mayor parte de declaraciones, que hoy se realicen por el Día Internacional de los Derechos del niño, serán apologías justificadísimas para erradicar situaciones en las que de forma reiterada e impune se vulneran esos derechos, mi propósito es algo distinto.

Entiendo que puede constituir una reflexión complementaria, a otras muchas, el dedicar mi atención a los derechos del niño en las sociedades opulentas, consumistas o como guste denominarlas. Y creo que hay una razón urgente para ello: no podemos educar a los niños en la defensa de sus derechos, sin simultáneamente hacerlo en la de sus deberes.

Esta aparente deconstrucción del propósito que se supone tiene dedicar una día internacional a una causa, exige para que la jornada cumpla su fin en cada contexto, enfocar la cuestión, no propiamente de forma inversa pero sí, sin menospreciar que a un derecho le corresponde un deber y que en las sociedades occidentales hay una capa de la población que crece habiendo desarrollado su capacidad de exigir lo que entiende que merece, pero con muy poca conciencia de lo que cada individuo tiene el compromiso o el deber de hacer en relación a su familia, la escuela y los otros en general.

Me refiero, obviamente, a las últimas generaciones de adolescentes y jóvenes de familias con suficiente poder adquisitivo –la clasificación por clases sociales tiende a polarizarse-  y no es mi intención centrarme solo en los que más tienen, sino en todos aquellos que poseen los medios necesarios para disfrutar de una formación académica u otros servicios que no son precisamente gratuitos, aunque estén subvencionados, y que les permite liberarse del sobresfuerzo de estudiar y trabajar.

Centrándonos en primer lugar en este estrato, creo que es de justicia educar de bien pequeños en la responsabilidad que comporta poseer una serie de derechos, que deben ser correspondidos asumiendo el deber de sacar el máximo partido de ese lujo del que algunos disponen. Sobre todo porque no debería ser un  lujo, pero siéndolo están moralmente obligados a aprovecharlo. Así, aquellos estudiantes que se toman la carrera u otros estudios “con calma”, como suelen decir, deberían ser educados en la convicción de que cuando no se cumple con el deber, el derecho debe quedar suspendido. Ni más ni menos, porque quien quiere y puede estudiar está muy bien que lo haga, pero eso es: que lo haga, no que viva de la sopa boba, argumentando que es duro estudiar y que también necesitan descanso. Cierto. Pero más duro es trabajar en el campo, en las minas, o en determinadas industrias. Como también lo es llevar a cabo un trabajo no cualificado, absolutamente monótono que tiende a la alineación de la persona como tal. Así es que, eduquemos en la conciencia de que vivir en sociedad implica derechos y deberes, y que la exigencia de derechos queda legitimada por el cumplimiento de los deberes. En este proceso no ayuda el hecho de que sin esfuerzo ni compromiso alguno los niños vayan teniendo cuanto deseen, porque se lleva, todos lo tienen, y ¡claro está! nuestro hijo no va a ser un extraterrestre en un planeta del consumo insaciable; aunque quizás la familia no consiga ahorrar ni un solo euro para atender a imprevistos necesarios.

Pero, no querría quedarme solo en esta consideración. Entiendo que esta forma de saciar las demandas de los niños es, a menudo, una contraprestación que dan los padres por el poco tiempo que su jornada laboral les permite dedicar a sus hijos. Son niños, a veces, privados de su derecho y necesidad de afecto parental que nunca puede ser sustituido por cosas, aunque la inmediatez nos confunda. También tienen, por ende, vulnerados derechos básicos aunque no sean de tipo material, porque sin ese vínculo primario y básico, que ahora les brindan a sustituir por cosas, pueden acabar con el tiempo teniendo la necesidad de sustituirlo por sensaciones y emociones intensas que implican saltarse normas, desafiar a la autoridad o incluso consumo de sustancias alucinógenas que les sacien ese vacío profundo que padecen.

Por último, desearía constatar que esa educación edulcorante tampoco los capacita para enfrentarse a un mundo cada vez más competitivo, hostil y violento. Se acostumbran a pedir y recibir, casi sin objeción; Absolutamente lo contrario con lo que se trastabillarán reiteradamente en la vida: negaciones, engaños, abusos y un sinfín de absurdos que constituyen esta sociedad burocratizada del gran hermano.

Concluyendo, hago un llamamiento al cuidado y educación equilibrada de aquellos críos que, por suerte para ellos, están inicialmente en condiciones de  asumir también deberes, porque eso será lo que les exigirá la sociedad y su capacidad de ser justos, razonables y ponderados les puede inducir también en el futuro a clamar por los derechos de muchos que no tienen voz, porque no tienen nada.

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