De Tales…a las astillas

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No hubo indicio, ni señal que le indujeran a pensar cómo iban a desencadenarse los acontecimientos. Se había desperezado, como cada mañana, con un ritmo pausado y saboreado que la balanceaba en la esperanza de quien anhela algo mejor. Ese hábito la saneaba mentalmente,  desembarazándola casi de los sinsabores de la jornada anterior. Leyó en una ocasión, no recuerda en qué libro, que los ritos son necesarios para mantener vivificada un mínimo de ilusión. Por eso, porque necesitaba anclajes que le garantizaran una perspectiva estimulante, reproducía religiosamente cada acto diariamente.  Uno tras otro, reconstruían la erosión de vivir, y le facilitaban la voluntad de proseguir.

Así es que, tras atravesar el dintel de la puerta, Ella parecía siempre alguien renovada y con la fortaleza de afrontar lo imprevisible –ya que es lo no nos desestabiliza-. Se dirigió a la parada del autobús, encendió un cigarrillo procurando alejarse al máximo de cualquiera que pudiese condenarla por tal gesto hediondo, y extrajo su libro del bolso para continuar su lectura de aforismos –Relatos y Aforismos[1], para ser más exactos, de una autora llamada “de Lacalle”, paradójica y cómicamente porque era en esos ratos, fuera de casa, en los que  más jugo extraía a esa obra-. Se quedaba aislada de la vorágine externa y se devanaba los sesos intentando comprender qué significaba alguna sentencia breve de esas. Justo aquel día se hallaba inmersa en la siguiente consideración “Lo que acontece es una parodia aguda de lo real, un sonido reverberado como sarcasmo.” Discurría sobre la idea de que todo acontecimiento aparecía como una presencia burlesca, por lo que la propia realidad parecía una chacoteada iracunda de alguien, pero ¿del azar? ¿La némesis con la que nacemos incrustadas?

Hallábase en semejante desconcierto cuando, bruscamente, se vio alterada por un estruendo, que apenas le concedió unos segundos para que  viera la luz: estaba experimentando ese sarcasmo del acontecer. La marquesina de la parada de autobús se desplomó con todo el rigor que le otorgaba su peso sobre la cabeza pensativa de Ella. El cráneo se troceó en varias piezas, la sangre recubrió su rostro, pero tras ese terrible panorama podía detectarse una leve sonrisa en la posición de sus labios que, por supuesto, nadie pudo concebir; aunque para Ella fueron instantes luminosos de aprehensión fugaz de la sentencia que trajinaban sus neuronas. De ahí, esa sonrisa, la de quien por fin cree haber entendido por qué se derrumbó la cubierta, y en consecuencia el absurdo padecer que nos infringimos los humanos teniendo en cuenta la arbitrariedad de los hechos.

En su epitafio rezaba lo siguiente: “Falleció huida de sí misma, de igual forma que Tales se precipitó en un pozo.”[2]


[1] “Relatos y Aforismos” Ana de Lacalle. Célebre Editorial,2019

[2] Se cuenta de Tales que, absorto en la astronomía y mientras contemplaba el cielo, cayó en un pozo y que una esclava tracia muy graciosa se burló de él, diciéndole que quería saber lo que pasaba en el cielo y no veía lo que estaba delante de sus pies. Esta burla puede aplicarse a todos los que emplean su vida en filosofar. En efecto, un filósofo no sólo no sabe lo que hace su vecino, sino que además ignora casi si es un hombre u otro tipo de animal. En cambio, investiga y se esfuerza en descubrir qué es el hombre, y qué caracteres distinguen su naturaleza de las demás por la acción y la pasión.

https://sites.google.com/site/filosofiaparaalgunos/filosofia-e-ironia-tales-de-mileto

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