El crecimiento ilimitado o las contradicciones capitalistas

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El invierno se instala gesticulando como si fuese primavera, desorientándonos en el propósito de mantenernos aferrados a un espacio-tiempo necesario para nuestro sosiego vital. Esta alteración estacional es un síntoma más de la caída de referentes sólidos que contribuyan a nuestra conciencia de la propia identidad y de nuestra vinculación con lo alter.

Nada parece acontecer cuando su ser así lo exige, es decir, que aquello que se da ante nosotros se ajuste dentro de unos márgenes a lo esperable, por ser posible. Los límites entre la posibilidad contingente y lo necesariamente imposible se han diseminado como esporas sacudidas por un diosecillo eólico que se siente agraviado.

Y no solo nos referimos a ese cambio climático que voceamos y ante el cual, los que pueden se niegan a ceder en pos de su avaricia y egoísmo, como si algo les perteneciera de iure. También queremos y debemos –según esa obligación moral kantiana legitimadora- explicitar el caos estructural económico y social cuyas consecuencias han abocado a multitud de revueltas populares a lo largo del globo terráqueo.

Nos hallamos en una sociedad dual –con multitud de matices en cada una de ellas- constituida por los que priorizan el desarrollo económico y tecnológico en su beneficio –indirecta o directamente- y los que claman por un reparto más equitativo de la riqueza que sitúe como eje el bienestar de las personas –en su acepción más básica de medios mínimos de subsistencia y de dignidad de la existencia-

Este dualismo, que se enconan en mostrar como dicotómico, puede agudizar disputas en el seno de multitud de sociedades en las que los sometidos empiezan a despertar, incluso a costa de una existencia que se les antoja insoportable. Cuando los hay que solo pueden perder la vida, su poder es fruto de una iracunda fortaleza ciega, capaz de todo, al no poseer nada. Sin esta última constatación, puede resultar inverosímil que los individuos arriesguen tanto; cuando las élites pudientes no se han apercibido que cada vez son más los que no arriesgan nada más que esa existencia indeseable ¿Cómo no luchar en esas condiciones?

Ya se anunció que el sistema capitalista sería derrotado por sus propias contradicciones. Suceso que va siendo patente de forma progresiva y ante el que necesitamos mucha creatividad para transformarlo, sin demora, en un acontecer trasformador que apueste por las personas y no por el lucro ilimitado de los que tienen el poder.

Que la primavera nos brinde flores y el invierno nevadas. El otoño el duelo perpetuo de las hojas muertas y el verano la culminación de ese renacimiento cíclico y natural. Así quizás, cuanto más se avenga cada cosa a su naturaleza, más posible será revertir la autodestrucción ingente de masas de individuos a la que parecemos inclinarlos.

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