Una psique supínamente compleja

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Vacilando entre el desasosiego enquistado por un no-pasado y el apremio urgente de proseguir estando, a su pesar, le sobrevino un vahído inusitado hasta entonces. Le pertenecía un cuerpo fortalecido e inmune a los vaivenes del alma y aquel suceso que le trasladó durante un lapso mínimo de tiempo al paraíso de la inconsciencia, se le antojó afortunado. Era como una dádiva imprevista que ampliaba su perspectiva respecto de esa existencia involuntaria.

De esta ocurrencia casual, fluyó en su interior una tenue esperanza; Creía que debía afanarse, adiestrarse en el manejo de ese estado de alivio que debía ser el efecto de una causa y que solo precisaba dar con esta para doblegar su soma a su psique y hallar brevemente la liberación del calabozo vital en el que se hallaba.

Buscó y rebuscó toda la información que pudo sobre los desencadenantes de los síncopes. Su propósito: ser un prestidigitador  veraz de los desmayos, para efectuárselos cuando la réproba y maldita existencia se tornase estomagantemente insostenible.

Creyó haber identificado la causa anhelada que no consistía más  que en un fallo en los mecanismos reguladores que se encargan de hacer llegar correctamente la sangre al cerebro para mantener los niveles idóneos de oxígeno que nos permitan mantenernos de pie. Esa falta de riego cerebral se convirtió en su obsesión y se dedicó tozuda e insistentemente a escudriñar estrategias que le facilitaran ese autocontrol de su oxígeno en el sistema nervioso central.

Lo que, en un principio, le pareció un recurso poco dañino para sus semejantes; ya que la alternativa de la autolisis la descartó para no arrasar tras de sí a otros, devino un arte de difícil manejo.

Sus ensayos para restringir el flujo de oxígeno fueron de lo más creativo y, su vez, esperpénticos. En ocasiones, necesitaba un instrumental excesivamente aparatoso con el que, obviamente no podía cargar cotidianamente. Así que fue descartando un sinfín de métodos y reduciéndolos a aquellos de fácil y discreta ejecución que le posibilitara aplicarlos cuando su voluntad lo exigiera.

El resultado fue la creación de un artilugio que ciñendo la laringe provocaba el cierre de la epiglotis. Cabe decir que su proceso era espectacular, cuando recurría a este invento, porque obturando la entrada de aire para respirar, no solo bloqueaba la entrada de oxígeno en el cerebro, sino también a los pulmones. Esto generaba espasmos y una expresión facial de angustia que alteraba histéricamente a todo el que por infortunio presenciaba el pretendido vahído. Así es que un par de veces acabó trasladado por una ambulancia a un centro sanitario.

Pero como hay prácticas que difícilmente pueden llegar a ser arte, y poseer de ellas un dominio excelso, hubo un intento que derivo en deceso y revolviéndose en el interior de la tumba se lamentó del tiempo perdido y las esperanzas vanas de las que se había nutrido. Recordó el aforismo de Gracián que reza “Lo bueno, si breve dos veces bueno” y se sintió un inútil, ya no en vida, porque había fallecido, sino lo peor: por toda la eternidad un fracasado que se suicidó procurando evitarlo.

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