Réquiem por cada sirio, iraquí, palestino, chino,chileno, venezolano, rohinyás… exterminado(s)

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Nunca has vivido una guerra, nos decían nuestros mayores. Y es cierto, nuca me he visto aterrorizada buscando cobijo bajo un cielo plomizo y humeante que amenaza solo con mirarlo. Ni preguntando qué pasa y desde mi paradigma infantil y maniqueo procurar averiguar quiénes eran los buenos y quienes los malos. Ni me he sentido perdida sorteando escombros con la vista huidiza para no tropezar con lo insoportable. Ni tomando un sendero con toda mi familia, unos cuantos hatillos y ninguna respuesta. Tampoco he sentido llorar a mi padre implorando piedad a quien sea, porque era imposible saber qué tropas de qué bandos eran “amigas”, y habiendo salvado el escollo, ordenarnos contundentemente a todos escondernos y huir de cualquier persona armada, porque las historias de la infancia se habían disipado y no podemos creer ya en la bondad de ningún ser desplazándose con metralletas de asalto.

Tampoco mi familia se ha descubierto encapsulada por vallas y balas, dentro de un perímetro sin medios de subsistencia. Y, nuevamente mi padre, aleccionarnos sobre lo poco que le importábamos a nadie, siendo moneda de cambio entre muchos estados que buscaban su propio interés; y que solo entre nosotros podíamos ayudarnos, protegernos y quien sabe si sobrevivir.

Por eso, porque no he vivido una guerra mi imaginación fracasa en cada gesto inútil por recrear una escena semejante. Solo siento pánico, y este me atenaza y me impide progresar en mis gestos por ser la voz de los que solo pueden huir sin detenerse, ni regresar la mirada, solo atisbar el inexistente horizonte visual, fuliginoso y en llamas.

Desde mi sofá, con la culpa abotagándome, me transformo en una bestia más: que mira, oye y calla. Tras eso, prosigo con esa existencia cómoda y banal de los que hemos caído inconscientemente en las redes de la pasividad, de ser observadores sin voz. Una capacidad de hablar que ha quedado lastrada por la metamorfosis que ha experimentado nuestro cerebro y que solo nos permite fijar la vista, sentirnos mal y olvidar. Procurar olvidar con avidez, para no fenecer por el peso de la pena y de la culpa, que no sentirán nunca los que ya no son ni buenos, ni malos, simplemente una amalgama de aves rapaces persiguiendo a sus presas: el botín del esperpéntico intercambio internacional.

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