Zarigüeyas humanas

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Somos rastreadores husmeando el olor en el que vivimos. Ora agrio, otrora rancio; mas no desistimos ante la posibilidad de olisquear alguna fragancia que renueve el ambiente de cualquier hedor. Porque nuestra aspiración y afán nos eleva por encima de coyunturas pestilentes, que nos inducen a creer que la respiración oxigenante no es una quimera, sino una facticidad. Y, con esa fe, proseguimos maniobrando como hormigas obreras, sin cesar ni cejar de nuestro empeño. Hacer de la necesidad virtud, es posiblemente nuestro destino. De lo contrario, decaeríamos sofocados ante la hediondez del mundo que habitamos. Aunque, también podríamos protegernos desarrollando una anosmia recalcitrante, que neutralizara toda posible pestilencia. Ser, finalmente animales que no rastrean porque no pueden y no sienten la necesidad de rebuscar. Devenir seres que están, sin propósito ni cometido alguno, y, por ende, prescindibles, innecesarios y exterminados por la selección natural.

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