Nostalgia y melancolía en la sociedad de la “fuga rápida”

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Sentir dolor por la pérdida o la ausencia de tiempos anteriores dichosos o por personas que desaparecieron de nuestras vidas es la nostalgia. Un estado de ánimo en el que pesa más el dolor de la pérdida que la dicha ausente. En este sentido, parecería que quien se instala en la nostalgia lo hace en consecuencia en un estado melancólico. La melancolía es la tristeza, la falta de ánimo para hacer; aunque siendo más precisos diríamos que el melancólico es quien no puede querer nada y esta falta de objeto anula su voluntad, condenándolo a un estado de apatía y desidia.

La frase de Víctor Hugo —que debemos ubicar en el eco del espíritu de los pescadores que se lanzaban a la mar por un tiempo impreciso— que rezaba «la melancolía es la felicidad de estar triste», puede ser adecuada para quien, lejos de su hogar, se congratula de sentir pena por la ausencia de sus seres queridos. Lo contrario sería quizás una alerta indeseable. Pero como definición genérica, discrepamos de que el melancólico se sienta feliz por no serlo; formulado de otra manera: como si fuese alguien que se regocija en el lodo, y solo en él se sabe existiendo y vivo.

Puede, en este relativo escollo, sernos reveladora la idea de Schopenhauer de que la voluntad, la facultad de querer —esa que necesita de un objeto hacia el que tender intencionalmente— anhela infinitamente, con lo que está condenada a la no satisfacción, a la frustración. Mas, a diferencia de lo que apuntábamos anteriormente sobre la posible anulación de la voluntad, Schopenhauer entiende que, como motor de lo vivo, la voluntad persiste en su querer de lo inalcanzable, de lo inefable, siendo en consecuencia la vida esencialmente dolor y sufrimiento. De esta forma, la melancolía es el estado del quien estando vivo no puede dejar de anhelar aquello que es negación de su deseo.

Fijémonos que rigurosamente no hay nostalgia en Schopenhauer, ya que solo puede sentirse la ausencia de lo que se ha experimentado o vivido, pero tampoco hay, como afirmaba Víctor Hugo felicidad por estar triste, sino un dolor intenso, un sufrimiento con el que el humano tendrá que aprender a lidiar.

En definitiva, parece más soportable la vida de quien está sumido en la nostalgia, ya que algo tuvo que le hizo feliz, que la de quien se siente henchido de melancolía, que implica siempre la tristeza por lo que nunca se ha experimentado, ni es posible vivirlo, ya que es lo inaprensible y lo inalcanzable.

Probablemente los partidarios de la tan en boga psicología positiva, enaltecidos por una superficialidad banal y engañosa, ya que no todo depende de la actitud y el querer del individuo, disponen de mantras que repetidos mentalmente hasta la saciedad aseguran que nos ayudan a cambiar la percepción del yo y del entorno, garantizando que si se mantiene una actitud positiva lo que acontece siempre será percibido en su aspecto positivo. En última instancia, constituye un recetario para evitar el sufrimiento que no atiende a las causas profundas de este, sino que se centra en la apariencia de nuestro estado de ánimo que confundimos con nuestro auténtico yo. Sería como una construcción para el escaparate social que nos permita obtener éxitos sociales, aunque después llegue el momento en el que el tribunal de nuestra soledad nos desvele vacíos e insulsos.

Estas formas de psicología rápida son objetos de consumo que se avienen a la perfección a una sociedad de la inmediatez y de la incapacidad de sostener el dolor. No aprendemos a sufrir, como si la fugacidad de la vida no compensara ese esfuerzo. Por el contrario, se nos ofrecen formas de huida y de supuesto bienestar raudas de las que se están llenando los bolsillos muchos gurús que, utilizando en anglicismo coaching, ofrecen un supuesto método de crecimiento personal. Una usurpación en toda regla de las funciones de un psicólogo que puede estar formado para ese fin.

Hemos empezado este escrito reflexionando sobre la nostalgia que nos ha llevado a la melancolía y, ante la crudeza de mantener una existencia así, hemos recalado en las estrategias de esta sociedad de la fuga rápida y del engaño que supone la hiper-protección del individuo en las sociedades más ricas para evitar que este se enfrente sin paliativos al mundo que de hecho hemos ido creando nosotros mismos, y sobre todo a todo aquel acontecer que no depende de nosotros.

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