Ensayo: “El cuidado de sí como genealogía del psicoanálisis” de Elena Bravo Ceniceros. Ediciones Navarra, Ciudad de México. 2021.

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Esto no es una reseña, sino reflexiones sugeridas por la lectura del excelente ensayo de Elena Bravo Ceniceros. En este sentido, elogio el arduo trabajo de la autora en cuanto al recorrido riguroso que realiza para identificar esa genealogía del psicoanálisis, muy estimulante no solo intelectual sino vivencialmente. Consiste en un viaje que va llevando al lector por distintos lugares del cuidado de sí que se tornan en una interpelación continua. Esta experiencia me ha llevado a plantearme ¿qué lector puede ser sensible a las cuestiones que se abordan a lo largo del libro? Obviamente resultará de provecho para todos aquellos que desde una perspectiva teórica puedan encontrar en este ensayo aspectos o perspectivas novedosas: psicoanalistas, psicólogos y, por supuesto, filósofos.

Sin embargo, entiendo que el lector privilegiado —por el replanteamiento de su propia vivencia— es aquel que habiéndose analizado posee a la vez un bagaje de lecturas de filosofía y de los psicoanalistas a los que debemos hoy reformulaciones brillantes y actuales aún de la práctica psicoanalítica —Winnicott, Klein, Bettelheim, Horney Bowlby, Fonagy… —. Esta percepción del ensayo de Elena Bravo es sin duda subjetiva, porque se basa precisamente en la experiencia de que el psicoanálisis es paradójicamente un cuidado de sí que provoca dolor y sufrimiento. A menudo, más que los síntomas que quien inicia un análisis puede presentar ya que, en contra del postulado socrático, a veces la ignorancia o inconsciencia te permiten mantener un cierto equilibrio con compensaciones mediante los mecanismos de defensa que operan en todos. ¿Por qué se somete, entonces, un individuo a psicoanálisis? Las razones son tantas como persona hay, pero creo que quien recurre a un análisis y no a otro tipo de prácticas psicológicas, posee el coraje de querer saber esa verdad, que como sostiene Elena Bravo, reside en el decir y el acto del sujeto[1], ese concepto tan bien hallado de Foucault que es la parresia.

La cuestión es que quien demanda un análisis en busca de esa verdad propia, diría que no sabe dónde se mete. Me explico, el proceso es largo y doloroso; difícil de dirimir cuándo finalizarlo, tal vez a causa de que nunca resta nada culminado y se entremezcla con esa sutil pero intensa interacción entre la transferencia y la contratransferencia. Curiosa manera de cuidar de sí.

Ahora bien, poseo la convicción de que aquellos individuos que desean saber no tienen otro camino que el análisis, o una terapia psicoanalítica. El fortalecimiento, la capacidad de autoanálisis otorga una liberación a la larga que merece el calificativo de cuidado de sí, que entiendo trasciende las preguntas simplonas de si el psicoanálisis cura, que tanto se oyen.

De hecho, el término cura en su sentido etimológico procedente del latín significa cuidado, y está asociada a una raíz de origen indoeuropeo que significa prestar atención. En consecuencia, el psicoanálisis sí cura, pero no en el sentido que entendemos que curan determinadas prácticas médicas y menos quirúrgicas, sino que se aprehende e interioriza el estar atento a uno mismo y cuidar de sí.

Esta praxis lleva, como ya vio Foucault y recoge Bravo Ceniceros en su ensayo, inexorablemente al Otro, sin el cual no puedo acabar de decir o clarificar mi self. No es una clausura narcisista, sino al contrario, capacita para la com-pasión —más genuino a mi juicio que la expresión actual empatizar—. Es decir, habilita para padecer con el otro sin que esto, a su vez, nos consuma, ya que se trata de, sentido el dolor del otro, hacernos cargo y facilitar no solo una fuga lingüística de su sufrimiento sino de la posibilidad de pensar formas de afrontarlo.

En síntesis, la obra de Elena Bravo Ceniceros además de una exégesis teórica es una interpelación, un ponernos frente a una experiencia que cabe mantener viva para que el cuidado de sí y, por ende, del otro; en consecuencia un ejercicio inacabado por su propia naturaleza, pero que a pesar de todo nos ayuda a llevar una vida mejor, porque el propósito no es la normalización o sometimiento a las instituciones sociales dominantes; por el contrario, y como ya hemos mencionado, es un desvelamiento de los auténticos deseos, sean de la condición que sean, y de cómo esta verdad subjetiva nos conduce al autoconocimiento, la autocomprensión y la espontánea conexión con el otro.

Lectura, por lo tanto, sugerente para filósofos, psicoanalistas y todos aquellos que quieran, más allá de los tópicos, aproximarse al origen del psicoanálisis y el propósito que late desde sus orígenes en él. Gracias Elena, por esta labor.


[1] obvio aquí la reflexión que hace la autora a partir de diversos autores sobre si es adecuado hablar de sujeto, de yo o tal vez el término self sea el más adecuado, por exigencias del guion en absoluto porque pueda prescindirse

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