La necesidad de la muerte: duelo y sentido moral

Fotografía realizada por Montserrat Bassas. Sin filtros. Girasoles, como la vida.

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Somos unos animales raros, acaso por la conciencia de existir y creernos libres, integramos contradicciones sin sentir la intensidad de esos antagonismos. Desvalidos y arrogantes, nos deslizamos por la línea cimbreante de la existencia erguidos y triunfantes, como si fuésemos indemnes.

Mas la muerte restituye nuestro lugar a través de aquellos que amamos, porque nos zarandea súbitamente, como quien aprieta fuertemente los antebrazos a otro, y nos vocea con el dolor de la pérdida. ¿Quién creéis que sois?

Cabizbajos y temerosos olisqueamos el abismo abierto, ante la ignorancia, de qué implica la parca para nosotros. Esas personas que se han disuelto como polvo, en un tránsito abrupto que es siempre pasar de vivir a morir. Sean las causas las que sean, ese instante en que quien vive, muere dispara un pavor abrumador: ya está, no hay que cuidarlo, el cuerpo será alejado inerte y como una nada, en la que ya no hay nadie.

¿No era esa persona su corporalidad y sus signos vitales? ¿Esa que hablaba, que abrazaba, que amaba? ¿Esa que reía y lloraba, en la que confiábamos y la que confiaba?

La materialidad se impone como un zarpazo severo a esa arrogancia de la que hacemos gala, y nos inclinamos al desvalimiento. Habiendo experimentado nuestra finitud, esa de la que no elegimos ni el cómo ni el cuándo, nos rendimos al misterio de la muerte. Y hay noches que en el silencio ensordecedor que nos envuelve, gritamos sin ser oídos y menos escuchados, clamando uno a uno el nombre de esas personas que ya no están físicamente con nosotros, con la ingenua esperanza de recibir una señal, un gesto, un guiño de alguna de ellas que nos despierte de la zozobra de lo que nos resulta obvio, pero inadmisible: polvo somos y en polvo nos convertiremos.

Solo nos resta esa extraña presencia que unas veces nos consuela y otras nos abruma; un estar de cada ser querido en nuestra mente como ausencias, huecos irremplazables.

Ante esto, reconociendo ese tiempo limitado con el que contamos, nos asalta la duda de qué rastro dejaremos tras nuestra marcha. Ahí vuelve haber un deseo muy humano -frágil-, que simultáneamente nos lleva a no desear dolor por nuestra falta a los que queremos, y a ser alguien llorado, cuya vida haya sido digna por el aroma que se ha expandido a nuestro paso, un efluvio propio que repose como ausencia en la estancia de algunos, al menos, para que nuestra vida no haya sido en balde, prescindible, polvo disipado y disuelto.

Es la conciencia de la muerte la que nos impulsa a hacer del existir vida, y sin esa finitud, tal vez, careceríamos incluso de sensibilidad moral.

Plural: 4 comentarios en “La necesidad de la muerte: duelo y sentido moral”

  1. La conciencia de mi muerte, de mi finitud…decía el maestro Cioran (parafraseando) «El hombre acepta la muerte, pero no el momento de su muerte….» ( ¡Otro tema poco colorido! !Estos filósofos no saben cómo amargarnos la existencia! !Tan bonita que es la ignorancia!) Mi otro Yo no ceja en su empeño por sabotearme…besos al vacío desde el vacío

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