EL SIDA: la pandemia más cruel y enjuiciada.

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En Occidente, la aparición del SIDA fue un proceso vertiginoso y angustiante porque se tardó más de lo deseable en identificar qué era exactamente esa enfermedad. Parecía primero una neumonía atípica, después un virus que solo afectaba a los homosexuales con el estigma moral y social que satanizó aún más esa orientación de sexual. Finalmente, pudo ser identificado como un síndrome de inmunodeficiencia que se transmitía a través de los fluidos del cuerpo, con más facilidad en el intercambio de fluidos en las relaciones sexuales, ya sean –y aquí se hizo trizas el estigma- relaciones homosexuales o heterosexuales.

Las generaciones nacidas alrededor de los años 60 -poco antes y después- fueron las grandes víctimas de una pandemia a la que se incrustó desde el principio un juicio moral de desaprobación. Esto supuso la marginación –creo que la más explícita y brusca que he presenciado- de los que por desgracia contrajeron el virus.

No hay que olvidar que en España estas generaciones fueron las que, a finales del franquismo y en plena transición, rompieron con la moral católica impuesta por la dictadura y reivindicaron y vivieron una liberación de las costumbres y prácticas sociales. Coincidió, pues este intento de reivindicar una libertad, también en el ámbito sexual, con la expansión del SIDA. Al cabo de unos años cuando los síntomas de la enfermedad empezaron a manifestarse en individuos de distintos países, la franja de edad más afectada en España coincidía con las primeras generaciones jóvenes de finales del franquismo e inicios de la transición democrática. Fueron víctimas de la ignorancia, no de inmoralidad, pero pagaron hasta el día de su muerte con el ostracismo social, y el dolor de su enfermedad.

El SIDA se convirtió en Occidente en la lepra del siglo XX. Los que tenían el virus lo ocultaban incluso hasta a sus amigos más íntimos y familiares mientras fuera posible, por miedo a quedarse solos. El estigma de ser homosexual seguía vinculado al virus, y de forma espontánea lo primero que emanaba mentalmente, ante la noticia de que alguien estaba infectado por el virus, era un juicio moral o una pregunta sobre la orientación sexual del sujeto –sobre todo si era hombre-. Muchos enfermos de SIDA acabaron muriendo abandonados por todos: en casas de caridad, donde solo las personas que dedicaron su vida al cuidado de los absolutamente marginados socialmente estaban dispuestas a permanecer hasta el final.

Hubo quien de forma macabra lo interpretó como un castigo divino sobre las conductas pecaminosas. Los que pertenecemos a esa generación solo guardamos en regusto amargo y ácido de los que vimos morir, por desconocimiento e ignorancia de la sociedad, no por perversión o maldad, ya que muchas de esas personas abrieron una brecha en la lucha por el reconocimiento y normalización de la diversidad de orientaciones sexuales. Su coraje no fue en vano, porque la aceptación social de estas dista hoy, enormemente, de la de aquellos años.

Cualquier intento de comparar el SIDA con la pandemia que estamos viviendo del covid-19 está abocado al fracaso, por las peculiaridades ya mencionadas del virus VIH[1].

Aunque, no hay que obviar, que poseen un factor en común: los países más pobres fueron abandonados a su suerte por las instituciones gubernamentales internacionales, llevando a cabo únicamente acciones tímidamente paliativas, pero que quedan muy lejos de reconvertir al SIDA en una enfermedad crónica como en los países más ricos —su cronificación no desmerece el padecimiento y la fragilidad en su salud de las personas que padecen la enfermedad— Al hilo de este abandono de los rincones más pobres del planeta, la ventaja del covid19 – respecto del VIH- para los ignorados es que se va evidenciando, con más nitidez, que la pandemia o se erradica a nivel mundial o no podrá ser neutralizada, con las consecuencias que esto comporta en la rapidez de las mutaciones del virus y el riesgo de que, tras tanta variante, acabe convirtiéndose en un virus más fortalecido y nuevo, un otro para el que ya no son eficaces ni vacunas, ni los tratamientos que últimamente se utilizan.

Las perspectivas futuras, según los científicos, es que habrá más pandemias y que estas serán causadas por el menosprecio que los humanos hacen de la naturaleza, como si fuésemos todopoderosos a los que ya no se nos escapa nada. Los hechos demuestran lo contrario y, si la explicación oficial es veraz, el contagio entre especies va extendiéndose y esto en un mundo globalizado no puede más que ser pandémico.

Querría, por último, recordar a cada una de las personas que conocía, o desconocidas para mí, y que fallecieron y sufrieron durante su enfermedad los efectos colaterales de la marginación, el ostracismo y el ser considerados víctimas de conductas inmorales. RIP


[1] https://es.wikipedia.org/wiki/VIH/sida

Plural: 3 comentarios en “EL SIDA: la pandemia más cruel y enjuiciada.”

  1. aprender de las pandemias, tanto en las similitudes como en sus diferencias y tratamientos u omisiones, es lo que podrá enseñarnos a enfrentar las siguientes….(!! Típico de los filósofos!! ¿ Dónde esta la buena vibra, el mensaje saludable, positivo? puras fallas…) Mi otro Yo pendiente de la contemplación de los nuevos estrenos de Netflix….besos al vacío desde el vacío

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