Relato finalista del I Premio MASTICADORES DEL LETRAS. Título: Si Kafka levantara la cabeza.

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Todo rastro vital permanece en la memoria como un hecho incontrovertible. No porque ciertamente sea así, si no a causa de la huella indeleble que anida en nuestro interior. Esta fue la convicción que arraigó contundentemente en la mente de Nelson, tras los sucesos que serán narrados a continuación y que permanecen vívidos en esa alma rota y desgajada del protagonista.

Según nos contó Nelson, con nerviosismo, desorden y una afectación manifiesta, tenía él la costumbre de correr cada mañana por el paseo marítimo –durante todo el año-.A veces, cuando ni siquiera el sol asomaba y la oscuridad inicial se iba alumbrando de una luz que reconfortaba el esfuerzo físico. Fue un día de estos negruzcos cuando le pareció oír unos gritos femeninos agudos y perturbadores. Frenó su ritmo, se detuvo y se esforzó por identificar el lugar del que procedían. Seguía llegando a sus oídos ese alarido aparentemente humano, ya que así como otros sonidos son nítidos y evidentes –el tañer de una campana, el ladrido de un perro, …- los gritos proferidos por  personas se deslizan por una gama de matices y significados difíciles de discernir.

Se aproximó discretamente hacía al foco del que creyó que provenía ese clamor. Sus pies se cedían el paso lentamente y con sigilo, como si de un baile de cortesía se tratase. Constreñía toda la musculatura con el propósito de ser más silencioso que el silencio, roto de manera contundente por esa voz que le impelía a acudir sin dudarlo por si alguien se hallaba en peligro o había sufrido un accidente y necesitaba auxilio. Por nuestra parte, siendo fieles a como se expresaba Nelson, y aunque resulte inconcebible, asegura haber intentado alzar el vuelo para, sin provocar, ruidos poder avistar desde el aire dónde acontecía aquello y qué sucedía en concreto. Mi compañero y yo nos miramos de reojo, con rostro de incredulidad, porque nos temíamos que nuestro testigo y protagonista hubiera mezclados delirios con realidad; y al final nos encontráramos con una historia que no merecía ser redactada, sino lanzada directamente a la papelera.

No obstante, proseguimos con su relato porque el buen periodista es, entre otras virtudes, aquel que sabe escuchar sin intentar moldear lo narrado a su conveniencia, para extraer el jugo prostituido de un acontecimiento que puede conseguir titulares y, por ende, reconocimiento a los autores.

Tras el intento fallido de revoloteo, como cabía esperar, nos contó que la idea la había extraído de una novela de Paul Auster, de la cual nos reprodujo literalmente y de memoria las siguientes palabras:

  • Sí puedes, Walt (…) ahora estamos entrando en cuestiones espirituales profundas, y tal vez no puedas estar entero para hacer lo que tienes que hacer, tal vez tengas que dejar parte de ti atrás antes de poder alcanzar toda la magnitud de tu don,

            P. Auster, Mr. Vértigo Ed Anagrama, pg. 96

Por ello, aseguraba nuestro interlocutor, me decidí a despojarme de todo interés personal, a vaciarme de mí para concentrarme en la levedad que me proporcionaría esa vacuidad de mi ego, convencido de que como Walt conseguiría volar. Bien es cierto que al personaje de Auster le costó mucho tiempo de entrenamiento lograr ese hito, pero cegado por mi ingenuidad y mi vocación salvadora de los desasistidos, creí con firmeza que la ocasión se merecía el despliegue de ese don, que nunca pensé poseer. Y que resultó obvio que no poseía. Supongo que mi ansia de poder responder a ese aullido agudo me hizo concebir posibilidades absurdas.

Tras estas aclaraciones, mi compañero y yo retomamos el contacto visual, no sé si más tranquilizados o decepcionados por la supuesta hazaña que se nos relataba. El caso es que impertérritos, en apariencia, mantuvimos la tensión atencional para no perdernos detalle de lo que Nelson había experimentado como algo digno de ser contado y difundido.

Así es que -prosiguió nuestro protagonista eventual- continué con la estrategia de desplazarme como un espíritu –que al carecer de materia no puede provocar ruidos- y me acerqué cada vez más al lugar que creía haber ubicado como el punto crucial. Cuál fue mi sorpresa cuando al doblar la última esquina hallé a una mujer sentada en el cemento, vestida con trapos o quizás mantas enrolladas en su cuerpo que no cesaba de sollozar. Sostenía, arropaba y protegía un bebé que, aunque no soy nada ducho en estas cuestiones, debía contar con unos ocho meses. Al verme su grito se intensificó y se tornó en una sarta de voces agresivas que interpreté como una estrategia defensiva. Me costó que se tranquilizara, con el riesgo de que acudiera ante su escándalo alguien más y se me acusara de no sé qué intento de robo o ultraje. Pero aquello estaba desértico, por suerte para mí. Me mantuve alejado unos cuantos metros de ella, me senté en el suelo para provocarle la impresión de tenerme más controlado y esperé a que su agitación se disipara.

Transcurrieron tal vez entre veinte minutos o media hora, desde que guardó silencio, aunque me vigilaba con una mirada desconfiada, fija e incluso dispuesta a retarme si la situación lo requería. Pensé que era el momento indicado para iniciar una conversación que contribuyera a su sosiego, por lo cual me presenté y le expliqué que cada mañana tenía la costumbre de salir a correr, desde hacía años, y que en esa actividad me hallaba inmerso cuando oí su llanto desconsolado que más se asemejaba a un aullido. Le aseguré que solo había acudido porque pensaba que alguien necesitaba ayuda pero que no tenía nada que temer. Parecía relajarse gradualmente y su actitud abandonaba la beligerancia. Esperé a que ella por propia iniciativa me dijera algo, me hablara. Lo contrario pensé que podía volver a intimidarla. Tras unos minutos de silencio me dijo que se llamaba Elba, su hijo Isaac, y que se había visto obligada a huir. Yo asentí, sin preguntar más de lo que ella me concedía, con la confianza de que poco a poco fluyera el diálogo. Ante su nuevo impase, añadí que lamentaba su situación porque la veía sufrir y llena de pánico. Volvieron a deslizarse lagrimones por sus ojos, aunque esta vez no se oía gemido alguno.

Empezó a amanecer y le propuse, sin ninguna obligación ni deuda alguna, si quería venir a mi casa para proporcionarle algo de calor –llevaba toda la noche a la intemperie- y algo de beber o comer para ella y su bebé –desconocía de qué se alimentaba un niño de meses- Mostró reticencia ante mi propuesta, pero deduzco que no tenía alternativa a su estancia en ese rincón callejero y accedió no sin cierta desconfianza. Por mi parte intenté no aproximarme a más de un metro durante el recorrido para no asustarla. Aunque evidentemente al llegar a casa la distancia que podía mantener y las paredes que nos rodeaban la intranquilizaron algo más. Así que afrontando la situación le dije:

-Mira Elba, yo no saco ningún beneficio con traerte a mi casa, si quisiera haberte hecho daño he tenido más de dos horas para hacerlo. Así es que comprendo tu miedo, pero si quieres mi ayuda vamos a tener que hablar. Te propongo una cosa: yo necesito una ducha, ves que ahí está la cocina y dentro de la nevera encontrarás comida. Voy al baño y te dejaré aquí sola para que tú misma te sirvas y cojas lo que necesites para ti y tu hijo. Como ves, confío en ti, porque bien podrías robarme y salir huyendo mientras yo me aseo, pero estoy seguro de que no será así. Cuando acabe bajo y charlamos. ¡Ah! Y por favor si haces café prepárame una taza con leche bien caliente para mí. Hasta ahora.

Me ausenté hasta que me hube duchado y vestido con la esperanza de no haber sido el inocente, ingenuo del año y encontrarme un saqueo a traición. Estaba convencido de que esa era la única manera de conseguir que confiara en mí, mostrándole yo previamente mi absoluta confianza en ella. Si eso no funcionaba estaba dispuesto a avituallarla y que abandonara mi casa. Olvidándome del asunto, porque no concebía más concesiones por mi parte para ganarme esa confianza sin la que seguro no podría ayudarla. Desconocía qué le había pasado exactamente y por qué se había visto abocada a la fuga. Al bajar, no sin precaución, la escalera que daba al baño, vi a su hijo durmiendo a pierna suelta con una media sonrisa llena de ternura, y a Elba sentada a la mesa con un desayuno apetecible, esperándome para empezar. Intuí que las cosas podían ir a mejor entre ella y yo, y que pudiera comunicarme cuál era su situación.

Hay que decir, que mi compañero y yo empezábamos a rozar el tedio con la explicación detallada de cada suceso. A nosotros nos interesaba lo sustancioso que podía ser objeto de una noticia que tuviera cabida en el periódico; si no en la portada al menos sí en un lugar preferente. Su historia tenía mérito tal como la relataba porque recreaba un ambiente emocional difícil de aprehender si no has estado presente, pero recelábamos de si lo que fuera a contarnos, finalmente, tuviera alguna relevancia para nuestros intereses. Aunque él nos había garantizado que así era. Nelson prosiguió con esa delicadeza prolija que nos extenuaba, pero a su vez parecía envolvernos en el acontecer como si pudiéramos vivenciarlo. Supongo que nos debatíamos entre el placer de un relato digno de admiración y la urgencia de conseguir una buena historia.

Empezamos a desayunar y sin más preámbulos, mientras degustábamos un almuerzo bien cocinado, me explicó que había salido a pasear con su hijo; vivía sola; y al volver había oído ruidos en el piso. Reaccionó tardíamente y cuando quiso darse cuenta le habían arrebatado a su pequeño y estaban desnudándola. Entre risas y gestos violentos le dijeron que esa casa era de ellos y que para que no le cupiera duda iban a darle una lección, con el propósito dijeron de que no se le pasara por la cabeza acudir a la policía. Así es que mientras su hijo berreaba, intercalando apneas que aceleraban el corazón aterrorizado de su madre, los cuatro desaprensivos okupas fueron penetrándola uno tras otro mientras los demás se relamían con sus pechos, su boca sellada por otras bocas y las manos y las piernas inmovilizadas. Acabado el escarmiento previo, le dijeron que cogiera alguna manta y no volviera por allí, porque todo podía complicarse más y ser más demoledor. Salió, tras coger a su hijo como una loba herida y las mantas y harapos que halló a su paso y no paró de llorar y correr hasta que encontró aquel escondite en el que yo la había encontrado.

 Nuestro narrador aseguró haberse quedado perplejo y sin palabras. Solo sentía compasión y tristeza honda que brotaba con más intensidad conforme reproducía mentalmente lo que Elba le había explicado. Se le escapó alguna lágrima indómita, porque no procedía que él reaccionara mostrando poca fortaleza ante el calvario que  había abatido y descuajeringado a su invitada. Intentó sobreponerse y le espetó con firmeza: tenemos que ir a la policía ya. Ante lo cual el rostro de ella volvió a teñirse de pánico y empezó a negar reiteradamente como si no pudiera detenerse. Para frenar ese obsesivo no, Nelson explica que le preguntó qué hacía ella a esas horas por la calle. Ella, intercalando negaciones como una muletilla, le dijo que su hijo dormía mal y que a veces no le quedaba otro remedio que salir a pasearlo para que cogiera el sueño en el cochecito, y que por supuesto nunca pensó que en un pueblo de playa donde casi todo el mundo se conocía, aunque sea de vista, pudiera sucederle algo tan inverosímil.

No tuve más alternativa que tomar las riendas –declaró Nelson- porque esa mujer estaba bajo un estrés emocional que le impedía tomar ninguna decisión. Así que le dije que me esperara un momento, me adentré en el despacho y telefoneé a la policía, reclamando su presencia ante la imposibilidad de desplazarla a ella, a no ser que hubiera intentado usar la fuerza física, cosa que ni se me ocurrió porque supongo que intuí que era lo menos aconsejable. Regresé a la cocina y le comuniqué que no teníamos alternativa, que había solicitado la ayuda policial porque no podíamos permitir el ultraje del que había sido víctima en todos los sentidos. Acudir a su casa por nuestra cuenta –ante lo cual profirió un grito- era inútil teniendo en cuenta la clase de energúmenos a los que nos enfrentábamos.

La policía tardó media hora en acudir. Elba se vio obligada a volver a narrar lo sucedido con todo lujo de detalles, fruto de las preguntas que le hacía el inspector al mando. Al acabar, la trasladaron junto a su hijo a un hospital para realizarles una revisión médica y comprobar los daños sufridos. Mientras el inspector me garantizó que irían a la vivienda a visitar a esos desalmados y le pidieron las llaves a Elba. Evidentemente lo último que pensó cuando huía fue en hacerse con su juego de llaves. El policía hizo una mueca pero la tranquilizó asegurando que la comprendía, claro está. Personalmente acompañé al centro sanitario a Elba. El equipo médico que les asistió encontró en perfecto estado al niño y certificó que ella había sido violada ya que había signos de violencia y tenía la vulva rasgada. Preventivamente le dieron la píldora del día después y le realizaron diversas analíticas para comprobar otras secuelas de la agresión. Salimos de allí a las cinco de la tarde, aproximadamente, y un coche de la policía nos acercó a mi casa, a la espera de las indicaciones del inspector como resultado de sus gestiones.

Y ahora viene lo auténticamente kafkiano del asunto. Al volver a casa nos esperaba el inspector, con un semblante algo mohíno. Nos comunicó que los ocupantes del piso, que eran ciertamente cuatro hombres, habían asegurado que esa era su casa, le habían enseñado un supuesto contrato de alquiler y mostrado que cada uno contaba con su juego de llaves. Elba no contaba con nada. Ni contrato, ni llaves. Reclamé que hablaran con la gestoría o el propietario del piso para comprobar a nombre de quien estaba el único contrato de alquiler que podía existir. El inspector asintió, pero le comunicó que todo eso llevaba un proceso judicial, un tiempo. Ante mi indignación y el estado catatónico de Elba, el representante del orden intentó calmarme. Le interrogué por los rastros de semen y la posibilidad de comprobar la coincidencia con esos intrusos energúmenos. Pero insistió en que había un protocolo, un proceso que no podíamos eludir para hacer las cosas bien y legalmente.

De todo esto han transcurrido tres largos años. Elba y su pequeño, ya un niño dicharachero y juguetón, viven conmigo.  Parecemos una familia, pero no lo somos, o no lo somos en el sentido tradicional que se atribuiría al término. A Elba y a mí nos une un vínculo de amistad, como hermanos, y soy el tío Nelson para Isaac. Ella nunca se recuperó de esa brutal agresión, y aunque yo la quiero, la amo, debo respetar su dolor y su incapacidad de establecer ningún tipo de contacto sexual.

Voy pasándome por el juzgado y la comisaría, pero no consigo acelerar nada. La verdad es que yo estoy a gusto compartiendo mi vida con ellos, pero es imprescindible para Elba que haya una resolución judicial que le dé la razón y reconozca los hechos tal y como se dieron. Esos hombres deben cumplir condena por su asalto atroz. Aunque Elba ya me ha confesado que no podría volver a habitar aquella vivienda que le es cada vez más ajena y lo más próximo a una sala de tortura.

Esta es la historia. No sé si satisface sus expectativas de buitres periodistas, pero sería fundamental que ocultando la identidad de Elba y la mía fuera publicada. Aunque solo sea por la huella indeleble, y el dolor que se resiste en el interior de mi estimada amiga.

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