FICCIONES INTENCIONADAS

Un comentario

Volábamos en una nube blanca, densa y opaca. La alfombra idónea para no temer que se desintegrara inesperadamente, y fuese deshilándose para transparentar el cielo azul. Oteábamos la ciudad majestuosa; Lo fastuoso es siempre lo primero que se ve, elevándose y minimizando cualquier otra forma de estar y ser. Atónitos, creíamos que aquella era la ciudad idílica, una Arcadia anónima cuya idiosincrasia no requería más que una mirada cristalina.

Eufóricos, decidimos adentrarnos cuanto nuestro peculiar transportador nos permitiese. Descendimos con la esperanza de observar desde la cercanía esa rara ciudad que habíamos descubierto, y planeando peligrosamente entre los rascacielos y edificios de ese Edén fuimos internándonos en los recodos menos visibles.

Nuestra mirada nos perturbó, frotándonos los ojos para evitar inéditos fulgores, cual prisioneros de la caverna que salen hacia la luz. Mas, en nuestro caso, descendíamos de la luminosidad a las tinieblas y más que sentirnos deslumbrados, nos resultaba difícil reconocer lo que veíamos por el contraste deslumbrante de lo que nos parecía haber observado anteriormente: había casas construidas con uralita, cartones y de dimensiones mínimas. Situadas en un barrizal en el que los niños jugaban cubiertos de lodo y con un pesar y una carga en sus rostros que nuca habríamos imaginado. Nos vieron pasar y nos miraron sin inmutarse; quizás acostumbrados a ser visto e ignorados. Seguimos el curso de aquellas callejuelas y nos fuimos dando cuenta de lo que sucedía en aquel lugar: Lo majestuoso había sido endiosado para negar, ningunear y procurar eliminar la existencia de ese gueto, en el que malvivían los expulsados, los sin hogar, los pobres que con su barro ensuciaban la lustrosa ciudad y la desmerecían. Parecía obvio: los habían escondido en las zonas más profundas y marginales de la urbe; como si algunos tuviesen la convicción de que su aislamiento los extinguiría, sin necesidad de ensuciarse ellos las manos. Un trabajo limpio propio de mentes inmundas.

Degustamos, ácida y vomitivamente la divergencia entre lo que es y la imagen que algunos crean a fin de que parezca que es, lo que no es.

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