El dolor es fuerza, la voluntad de poder baila con ella.

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Si el desafío es buscar algún filósofo, literato, poeta…artista que supiera lidiar con el dolor, ese fue sin duda Nietzsche:

No es nada el ser fuerte como un estoico, con la insensibilidad uno se ha liberado. Se deben poseer en uno mismo los contrarios: la delicada sensación y lo contrario, no desangrarse, sino convertir el infortunio, modificándolo plásticamente.[1]

Constituye al menos un auténtico reto el ser capaces de manejar el dolor como expresa el pensador alemán en este fragmento. Afirma que no es nada ser fuerte como un estoico. Estos, recordemos que buscaban la paz, el sosiego y la felicidad mediante la apatía, es decir el no padecimiento, haciéndose indiferentes ante cuanto sucede alrededor ya que, según estos, no depende de nosotros cambiarlo. Bien, ciertamente el estoicismo opta, según mi criterio por una forma poco humana de afrontar el dolor, que parecería más un mecanismo de defensa del yo, tal y como fueron formulados por Freud. Aunque, no es quizás esa indiferencia algo que elegimos, sino algo que fluye de nuestro interior para protegernos de lo que nos parece insoportable. Los estoicos, por su parte, pretendían alcanzar ese estado de apatía mediante un tipo de vida rígida, austera y de sacrificio que los llevaría finalmente a esa indiferencia ante un destino fijado y que no depende de la acción de los humanos. No es tarea fácil para un humano ser sensible alcanzar ese estado e incluso me cuestiono sobre la viabilidad de los humanos para alcanzarlo plenamente.

Así, aunque Nietzsche considere que carece de mérito para el humano liberarse mediante la insensibilidad, cabe puntualizar que tampoco sé si por decisión es algo fácil. Me parece más comprensible como lo hubiese hecho Freud, como un mecanismo de defensa del yo ante un dolor que se anticipa como insufrible. Estaríamos pues ante una reacción inconsciente, no ante una acción que luche contra el dolor.

En consecuencia, y coherente con ese poso heracliteano que yace en lo más profundo de su pensamiento, Nietzsche asume que cada humano debe poseer los contrarios en sí mismo: la delicada sensación y lo contrario. Esta postura no es más que la concepción que el filósofo tenía de la vida como una tensión entre lo apolíneo y lo dionisiaco[2], la razón y la pasión -simplificando- cuyo equilibrio, lucha o alternancia de poder daría como resultado un humano diferente -al menos en la cuestión que nos ocupa que es cómo lidiar con el dolor-, un humano que en lugar de desangrarse de dolor, fuese capaz de transformar la tragedia plásticamente. Es decir, la vida como plasticidad que vive los contrarios como una riqueza, que convierte los unos en los otros y se nutren mutuamente, porque “El hombre intuitivo (…) consigue ya gracias a sus intuiciones, además de conjurar los males, un flujo constante de claridad, animación y liberación. Es cierto que sufre más a menudo (…) Es tan irracional el sufrimiento como la felicidad[3]. En síntesis, es tan intenso el sufrimiento como la capacidad de alegrarse y sentirse vivo, una sin la otra, un contrario sin el otro desaparecería. De ahí que el humano que vive según la naturaleza es intenso, racional e irreflexivo, pero altamente apasionado y con capacidad de disfrutar del vivir.

Aquí, en esta capacidad de sentir profundamente se halla la posibilidad de convertir el infortunio y transformarlo plásticamente, como plástica y oscilante entre contrarios es la vida misma. Porque el estoicismo como su opuesto a esta actitud del hombre intuitivo no es ningún signo aristocrático, sino la tiranía de uno consigo mismo. La voluntad de poder es de autodominio y, por ende, de no dejarse desangrar por el dolor, ni dejarse someter al marmóreo frío de una estatua. Esta voluntad que puede sufrir, reír, bailar y disfrutar con intensidad de la vida en su gama de pasiones y estados.

Nietzsche es el gran afirmador de dolor, porque solo dejándolo fluir en toda su inmensidad se va diluyendo contrarrestado por la inmensidad de su contrario, el placer. Lo que parece claro es que sostener el dolor afirmándolo para que emane en toda su crudeza no es algo que pueda soportar cualquier humano, y aquí hace falta la experiencia que da paso a la convicción de que podemos reír a carcajadas mientras el dolor nos inunde porque sabemos que el disfrute será tan intenso como ese dolor que puede devastarnos. Hay que añadir que esto que Nietzsche afirma, y que él experimentó y vivenció, no está al alcance de cualquier humano. De ahí que para llegar a esto sea imprescindible asumir la muerte de todo sentido, la nada y el absurdo de forma positiva, porque solo de ahí surgirá un humano que habrá dejado al humano de antes, atrás y se habrá convertido en un superhumano, alguien que interioriza la nada y se dota a sí mismo del valor principal que es la vida y su afirmación, siendo capaz por su voluntad de poder, de autoafirmarse de inaugurar una época diferente, en la que el hombre ya no vive amedrentado por el sometimiento a aquellos que habían construido ficciones con el propósito de someter al hombre.


[1] Obras completes de Nietzsche, edición para estudio, de G.Colli y Mazzino Montiari

[2] Lo apolíneo: sería lo contrario; y lo dionisiaco: la delicada sensación.

[3] Ibid, 37-38

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