Un aforismo de Schopenhauer sobre la felicidad

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“Si a un estado indoloro se le añade, además, la ausencia de aburrimiento, se alcanza en esencia la llamada felicidad terrenal: el resto son quimeras”

Schopenhauer, A. Parerga y Paralipómena I. Extraído de la edición y traducción del Carlos Javier Serrano González, Schopenhauer. Parábolas y Aforismos. Alianza Editorial. pg. 91

He aquí lo que el gran maestro Schopenhauer entiende por felicidad, eso sí terrenal; y no porque sostenga o se detenga en elucubrar si hay otra vida, sino porque quiere hacer hincapié en que para el humano solo es posible este grado de felicidad, considerando que habitamos y existimos en este mundo. Como bien dice en el fragmento el resto son quimeras, es decir imaginaciones sobre lo que desearíamos, aquello que nuestra voluntad nos impele a desear con tal intensidad que acabamos creyéndolo como posible.

El realismo de Schopenhauer es tan terrenal que ha sido considerado un pesimista. Lo era si tenemos en cuenta que rompe de alguna manera con la tendencia de su época —distanciándose de determinados idealismos—, sin embargo, el propósito del filósofo alemán no es otro que revelar qué mueve ciertamente a los humanos, a dónde nos lleva esa voluntad que desea sin límites y por ello siempre está abocada a la insatisfacción y la frustración.

Así, si uno vive sin dolor —objetivo posible que buscamos siempre, porque nunca está conquistado definitivamente— aunque sea durante un breve espacio de tiempo y sin aburrimiento, ha alcanzado la única felicidad factible para los humanos. Prescindiendo de grandes aspiraciones ni de grandes ideales sobre lo que es la felicidad; al contrario, haciendo alarde de un realismo que la experiencia puede llevar a muchos a corroborar la concepción schopenhaueriana de la felicidad.

Hay, sin embargo, un elemento que puede sorprender en este aforismo, y es el hecho de que mencione el aburrimiento o la ausencia de este como un factor crucial para llegar a ese estado de humana felicidad. Hay que entender que Schopenhauer está refiriéndose a esos grupos sociales que tienen las necesidades básicas cubiertas, ya que si no fuese así su angustia sería la de obtener esa estabilidad material. Una vez alcanzada esta, es cuando el humano puede cuestionarse sobre qué es ser feliz, y el momento en el que se apercibe de que el tedio, el absurdo, el vacío son obstáculos insalvables para ser felices. Ahora puede entenderse mejor el porqué el filósofo menciona un estado indoloro —y dolor, angustia y padecimiento provoca la cuita por tener garantizados los bienes necesarios para existir, aparte de otras causas— al que además debe añadirse una ausencia de aburrimiento, la cual se logra cultivando el espíritu que adquiere preponderancia cuando el cuerpo no es fuente de dolor. La terminología utilizada por quien suscribe el texto puede llevar a un malentendido: la suposición de que Schopenhauer sostenía un dualismo antropológico. En absoluto. El humano es un ente, un organismo terrenal, con capacidad de pensar, que se siente domeñado por la voluntad, por el deseo ilimitado. Aquí constatamos que el hombre es cuerpo y que esa voluntad es deseo corporal y mental—usemos un término nuestro, que no le pertenece, pero que puede ayudarnos a aproximarnos a la concepción schopenhaueriana—, ahora bien, cubiertas las necesidades de sostenimiento del organismo, esa voluntad no queda satisfecha y nos lleva a desear lo que el autor denomina quimeras. O, en otros términos, estados ilusorios que no son posibles para el humano, y son, por ende, fantasías.

Curiosamente, huir del aburrimiento es el reto que se nos plantea como último obstáculo para lograr ese realista estado siempre fugaz de felicidad. Y aburrirse es no hallar aliciente alguno que nos permita disfrutar del placer de no sentir dolor y desarrollar nuestra condición humana. Mas ese hallazgo puede consistir en la contemplación estética, la lectura y el cultivo de la interioridad, inclusive mediante el amor, a pesar de que el estado más elevado al que puede aspirar el humano es la vida ascética. Esta, habiendo conocido y experimentado los azotes de la voluntad, sabe cómo evitar que nos arrastre a la insatisfacción: negando la voluntad, es decir sobreponiéndonos a los deseos con la conciencia de que son fuente de dolor.

De aquí que, Schopenhauer busca que el humano alcance su dignidad, y esta solo se encuentra en el conocimiento de nuestra necesidad y en saber que podemos llegar a elevarnos por encima de ella mediante la contemplación y el ascetismo, aunque para esto tengamos que sostener una lucha siempre viva, y aprovechar del placer de los momentos de tregua que hallamos en la existencia.

Puede resultar curioso que, al menos en las traducciones que de los textos que se han hecho de Schopenhauer, aparezca el término aburrimiento, cuando para muchos de nosotros aburrirse era una experiencia casi necesaria para aprender a soportar la propia soledad y, además, nos curtía porque estimulaba la creatividad en la búsqueda de actividades que consiguiesen hacernos sentir curiosidad, interés y alejaran ese aburrimiento, sin necesidad de la intervención de otro. De ahí, que considere que el aburrimiento que reiteradamente aparece en los textos de Schopenhauer se refiere más a un sentimiento de vacío y absurdo, que propiamente a la ociosidad que sería para nosotros un concepto más próximo al aburrimiento.

Cierto es que, cuanto más cultivada está la interioridad del individuo menos probable es que se instale en esa ociosidad, porque como ya argüía Schopenhauer la contemplación de un paisaje, una buena lectura…pueden proporcionarnos una sensación de paz, siempre efímera.

Concluyendo, el pensamiento de Schopenhauer es un llamado al realismo — aunque su figura o personaje huraño y antipático indujera a percibirlo, en ocasiones, como alguien amargado— y no un declive pesimista. Tal vez, sus escritos son extemporáneos y son entendidos con más atino por filósofos algo posteriores como Mainländer y Nietzsche.

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